Pin It

Del insulto y del halago 

 


Camilo E. Ramírez 
Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

 

El insulto, como el halago, poseen la misma estructura: son dirigidos a la imagen ideal de sí mismo, el cuerpo es tocado por esas palabras de manera especial y son sumamente moralistas; sea haciendo aparecer la noción de un defecto o falta que no debería estar ahí o exaltando una virtud; se juega en ellos una dupla reconocimiento/no reconocimiento, ser/no ser. Aceptar una cosa u otra implica quedar capturado (identificado) a una imagen moral-exterior a sí mismo: “Tú eres/debes ser eso” que se replica en “Yo debo/ser eso”.
 
Recibir una palabra de alguien es de alguna forma recibir un bautizo (etiqueta) experiencia que en algunas personas puede producir enojo, angustia, así como tranquilidad -momentánea- si lo que se recibe gusta/no gusta de sí.
 
Insulto, insultar, “saltar arriba de alguien” funciona como recibir/dar un nuevo-nombre, desafectarse de ello es posible gracias a la operación de desautorizar -eso no quiere decir necesariamente que uno vaya por la vida rechazando elogios o indultos, pues al hacerlo se corre el riesgo de habitar en sus laberintos , sentir que no se es nada- cualquier forma de elogio o insulto como definición total de sí mismo, sino como detalle que puede ser investigado a través... ¿De qué manera me toca el cuerpo lo que oí? ¿Qué recibo del otro/qué escucho de yotro (el yo siempre es otro) cuando alguien dice algo (un insulto, un halago) donde siento que me voy a identificar? ¿Cuál es ese propio mensaje que recibo como viniendo del otro? 
 


Pin It
 

You must be good!

Camilo E. Ramírez

 

 “Todos saben que la política consiste en negociar, y en su caso al por mayor, por paquetes, 

a los mismos sujetos, llamados ciudadanos, por cientos de miles

Jacques Lacan

 

Actualmente la Ciudad de México, como Oaxaca, Puebla, Morelos, entre otras entidades de la República Mexicana y el mundo, están padeciendo los efectos de terremotos y huracanes; éste hecho se suma a la oleada de catástrofes naturales, como inundaciones, deslaves, terremotos previos, etc. dejando al descubierto - todos y cada uno de ellos- las fallas, políticas y estructurales, de las ciudades afectadas.

 De igual manera se pone en evidencia algo cada que ocurre una tragedia natural: entre la asistencia a los semejantes, la ayuda y labores de rescate, vemos también la capitalización (el negocio) y politización de la tragedia, es decir, el uso del binomio terror-bondad, ya no aquel efecto del denominado terrorismo o del crimen organizado, sea de bandas criminales, informales y formales (Estado) sino una forma de reducción del discurso y la argumentación, que al show del mercado político y moral, mediático, tanto gusta, pues se nutre de crear y explotar víctimas que ellos mismos necesitan generar y mantener a perpetuidad, a fin de permitirles una cierta legitimidad en el poder. En tiempos de elecciones, se usa la pobreza que se ha creado por siempre y nunca erradicado, solicitando el voto-esperanza, “¡Ahora sí verán como todo mejora!”

 La tragedia, como el miedo, es empleada como supuesto montaje democrático, por la clase política, medios y particulares, para legitimarse en la bondad y justicia que carecen, a través de una operación de reducción ideológica, política y reflexiva, donde el discurso de solidaridad (recordemos que ese fue el slogan de campaña del sexenio de Carlos Salinas de Gortari) plantearía las bondades de todos a ayudar a todos, ¡Deja de pensar, ponte actuar!, como eslabón del permanente “Propón algo”, “¿Tu que habrías hecho?” del presidente de México, Peña Nieto) como escudo para desarmar cualquier tipo de reflexión y crítica, pues ¿Qué clase de monstruo estaría en contra de ser solidario? ¿Qué clase de sujeto no desearía ser bueno, o no llorar ante las cámaras de televisión, renunciar a donar dinero o alimento para las víctimas y los damnificados? ¡Ahora es cuando hay que ayudar, no mas bla bla bla! Por supuesto, eso no quiere decir que la vida, en el sentido más elemental, no esté en riesgo (gente atrapada en derrumbes, hambre, sed, enfermedades, desabasto de lo más básico, etc.) y que el Estado y sociedad civil, no podamos, en función de lo apremiante, organizarnos para ayudar, rescatar, atender lo más básico, etc. Pero es muy diferente, considerar que se requieren artículos básicos, servicios de atención y de rescate, a que se requiere solidaridad una  moralista que busca suspender todo juicio crítico, para dedicarse solo a sufrir, con-padecerse, reduciendo-explotando víctimas.

 “Si un meteorito amenazara con chocar la tierra, no necesitamos filosofía, sino algún artefacto tecnológico, algún cohete o bomba que lo destruya” (Slavoj Zizek)

 En emergencias, si bien hay cosas urgentes, no por ello se suspende la reflexión y planeación, la crítica y la organización, ya que, dicho sea de paso, con el solo hecho de desplegar fuerza y empuje, aún con la mejor de las intenciones, llenas de bondad e idealización, se pueden producir otras tragedias, heridos y muertes, cuales estampidas humanas que reducen y aplastan a los otros y a los recurso recabados, por un exceso incontrolable, o porque por torpeza y malos manejos (corrupción) no lleguen las donaciones a las manos de los que los requieren.

Desde hace relativamente poco tiempo, las tragedias naturales y sociales (huracanes, maremotos, terremotos, deslaves, incendios, el calentamiento global, crímenes, corrupciones de empresas y gobiernos, etc.)  como las fallas en sistemas económicos y políticos, se reinterpretan a la luz de nociones simplistas (al mal que le hemos hecho al planeta, las conductas lejos de las enseñanzas de la moralidad, etc.) más sujetas a los efectos virales de las redes sociales, que a las realidades económicas y políticas, argumentativas propias de cada una ellas, planteándose un fondo causal común a todas ellas: la culpar al sujeto, con su slogan: “Tenemos lo que nos merecemos, por como somos”  De ahí que se declaren cosas como “Por algo le sucedió eso, pues qué andaba haciendo” (ante haber padecido un crimen), “Es la madre tierra que nos está reclamando lo que le hemos hecho, se está defendiendo”, “Por eso hay que ser buenos con ella, para entonces…”

Algo difícil de aceptar es que por más que se hable, describa, piense, ore, etc. siempre habrá algo que se escapa, algo imposible de nombrar y saber, de pre-ver o anticipar, más allá o más acá de aprender e inventar tecnología de ingeniería, en arquitectura y urbanismo, por supuesto necesaria, nunca se logrará entender y controlar a completud. Tenerlo en cuenta, permite salir de la imposición moral-creadora y explotadora de víctimas, que plantea, entre muchos lugares comunes, que se tiene que ser bueno/a, hacer tal o cual cosa, para que “esto no vuelva a suceder o se reduzcan las posibilidades”, fondo psicopolítico necesario en la sociedad civil, para su control, como aquel que gustaba “pasar la factura” y responsabilidad del narco, como gran superestructura que existe gracias a la estructura del Estado, a la moral de una familia, sus padres e hijos estudiantes, haciéndoles creer que son ellos, verdaderamente, la causa de dicha empresa criminal de ganancias millonarias.

Advertir cómo opera el uso de discursos mediáticos post-tragedia (la novela familiar de la neurosis política mexicana) posibilita no quedar “secuestrado por el deber ser” de la bondad y la solidaridad sin reflexión ni crítica, con su radicalidad “¡O estás conmigo (con México) o en contra!”[1] no como decisión o posición, sino como imposición moralista de identidad que cancela y criminaliza cualquier ejercicio de reflexión y debate, pues ¿cómo vienes a decir eso, precisamente ahora que hay que ser buenos?

Es habitual que la expresión de la queja exagere mucho el dolor, hasta el punto en que este, el dolor, acaba conformándose con la exageración de la queja, aumentando el sufrimiento. Es común que las personas crean tanto en sus lamentos que acaban prestando su cuerpo, quedando dolientes, para comprobar lo que dicen.[2]

En algunas personas que atendemos en estos tiempos de la capitalización de la post-tragedia se produce una gran culpa y vergüenza por sufrir lo propio, en un intento de deslegitimación en comparación con la gran tragedia del otro (muertes, perdida de todo, casas, edificios, etc.) como si existiese un artefacto moral, un sufrinómetro universal o nacional que moralmente determinara la validez del sufrimiento padecido, cuando éste siempre es singular y único, capaz de aceptarlo o desacreditarlo, juzgándolo superfluo. Como aquellas conciencias que pretenden dictar la norma sobre lo esencial y superfluo: una persona de bajos recursos debe de primero….y luego entonces, solo entonces ir a buscar un lujo. Como si primero hay que ir por lo básico y luego por lo innecesario, cuando justamente el deseo como ridículamente para el otro y lo establecido del deber ser, como capricho, que se identifica y mal nombra como “lujo”,  puede ser algo que cree algo, que sostenga, incluso la vida, esa que se gusta pensar, con muchos errores, como vida animal.

Esta imagen, de autor desconocido, que circula por las redes, se podría bien titular "No solo de pan vive el hombre” también vive de humor, de ser reconocido y tratado, no como víctima, sino como sujeto, del que uno puede burlarse, para dignificarlo. ¡Ah que lata...! 

 

 

 


* Psicoanalista Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

[1] Frase empelada en su momento por Georoge Bush Jr en la preparación de su guerra contra el mal del mundo.

[2] Forbes, J. Basta de quejas https://redpsicoanalitica.com/tag/jorge-forbes/

 


 


Enfermedad y psicoanálisis 

Pin It
   

 

Camilo E. Ramírez Garza

Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo. 

 

"Hace tiempo que ya no me hago caso"

Grabriel García Márquez,

Al ser cuestionado sobre su estado ante el alzheimer que padecía. 

 

Cada enfermedad, cada malestar físico porta un efecto singular para cada uno. Las imágenes, ideas y suposiciones que cada quien va construyendo -paralelamente a la información médica de la que dispone-van dándole forma, de alguna manera, a esa nueva experiencia que rompe con una cierta seguridad y secuencia de vida (Ramírez-Garza, C, 2005 La imagen del cáncer en pacientes oncológicos: un análisis a través de la clínica psicoanalítica. Tesis de maestría. México: UANL, 2005)

En muchos casos, casi automáticamente, quien recibe un diagnóstico, asume una cierta identidad con el modelo o patrón cultural confeccionado para tal o cual enfermedad o padeci-miento. En ese sentido, la enfermedad funciona como una especie de nuevo-nombre para quien recibe un diagnóstico; desautorizar ese modelo imaginario que "cae" sobre sí, dandole forma-al-ser-con-la-enfermedad para poder inventar una forma singular de enfrentar y reinventar desde la propia singularidad, la forma de vivir dicha nueva condición, es una posibilidad de generar una postura responsable sobre nuestras decisiones, incluso sobre aquellas que pensaríamos no controlamos, como son las enfermedades. 

La resignación y la compasión son dos aspectos que participan en la facilitación de asunción de la persona de dicho modelos social "listo para llevar" (Forbes, Jorge Você sofre para não sofrer? Desautorizando o sofrimento prêt-à-porter. Barueri: Manole,2017) una especie de "fast-food" imaginario-psicológico con el cual las personas le dan sentido a la enfermedad padecida, diagnosticada: ante un diagnóstico la persona se ve desorientada sobre lo que le sucede, sobre qué es, qué implica lo que padece, experiencia que en muchos casos hace que aparezca la búsqueda de dicho modelo socialmente organizado (como se ve una perdona que padece tal o cual) como si se tratara de un disfraz, hecho es que es fortalecido por el reconocimiento social que el enfermo recibe, a través de la compasión, como amor comprensivo sobre lo que se sufre, instalándose con ello ganancias alternas de la enfermedad, finalmente se tiene un lugar en el amor del otro, además de la resignación como supuesto valor social de madurez, "solo un adulto responsable sabe aceptar el dolor que implica la vida, dejar ir" etc., etc. y demás estupideces que se dicen sin dirigirles el mejor cuestionamiento de su sentido y efectos en la vida. Gracias a esos dos elementos, la persona ahora nuevo sujeto: sujeto de la enfermedad, de la resignación y compasión, se ve en la necesidad de no abandonar esa posición de víctima que sufre a través de un modelo socialmente aceptado y reforzado, impidiéndosele incluso la mejoría, en más de un sentido.

La clínica psicoanalítica advierte de los efectos en el sujeto al asumir una imagen: quedar capturado y atrapado en ella, alienado. Las personas tienen rasgos más el sujeto no es el rasgo, podríamos decir, la persona padece una enfermedad más no es la enfermedad. Por más que le de una forma de expresión socialmente aceptada a su enfermedad, no hay ninguna  relación directa y unívoca entre la enfermedad padecida en el organismo y la forma de mostrarse, física, mental, postural, subjetivamente. De ahí la posibilidad de desautorizar esa forma de expresión y presentación de la enfermedad, dejando de "alimentarse" de la compasión y resignación, para reinventar y elegir una forma singular de soportar y atravesar eso que se vive.
 


Terremotos

Pin It
  

 por

Camilo Ramírez Garza 
 
 
Aquello que aparece como contingencia inimaginable, incalculable, que irrumpe y trastoca las vidas en un instante, partiendo un antes y un después, es una experiencia con lo Real. 
 
Freud hablaba de tres fuentes de sufrimiento: el propio cuerpo, el vínculo con los otros y la naturaleza, el mundo circundante. Tres ámbitos con los que convivimos a diario y que, como pueden otorgarnos gratas experiencias a disfrutar y explorar, con inquietudes y deseos por conocer y mejorar-las, también darnos una dosis de Real que nos toca y rebasa. Un terremotoes una experiencia de ese orden, no por nada la similitud etimología con la palabra terror, eso generado cuando se mueve la tierra en la que estamos prados; algo que comienza y deja una estela de cambios (destrucción) en aquello que se suponía -imaginariamente- estable, perenne, las casas, edificios, calles, puentes y monumentos, el cuerpo urbano que también da una cierta identidad. 
 
El terremoto es la experiencia de lo tajante de lo Real, también de la dureza del  cambio que posee cada instante. Basta con que en la profundidad se muevan las capas de la tierra para que en la superficie, experimentemos la fugacidad y fragilidad de nuestra condición, anhelos y desvelos. El evento natural, su impávido paso ante la mirada humana, surca sin preguntar, removiendo conciencias y ciudades, piedras y corazones, materia y palabras. 
 
El resto y la producción, lo que queda y se genera, tras el paso de eso silencioso que bajo la figura del movimiento telúrico, hizo crujir la tierra, generando espanto en más de uno, es algo, a la vez ligero y pesado, pero es un cansancio-debilidad, que al igual que la tierra, sacude el cuerpo humano, cuerpo erótico y de lenguaje, produce una fuerza del colectivo, del lazo-soporte con el próximo y el distante, pues las tragedias se entrelazan y hacen tejidos para soportar, subir y escalar. 
 
Eso que se sacudió en cada uno, la forma en la que cada sujeto se ve, directa o indirectamente afectado/a, por la tragedia, propia y ajena, podrá ser localizado, solo dándole lugar a esa forma singular que portamos cada uno/a, y que nos habla -como aquella canción jocosa- "¿Dónde te agarró e temblor?" Tanto en el sentido físico del lugar, como en el momento-tiempo subjetivo, único e irrepetible de mi experiencia, muy mía y de nadie más, muy de usted querido lector/a, en ¿En qué momento de su vida (dónde) lo agarró el temblor? De donde comienza o parte el verdadero viaje, respecto a poder dar lugar a ¿Qué implica para mí el terremoto? ¿De qué manera ha afectado/trastocado mi vida? ¿Cuáles serán las invenciones, singulares, que tendré que realizar para lidiar con? 
 
Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.
 
 

Más allá de la evaluación

 

Pin It
  


Camilo E. Ramírez Garza

Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo. 

 

El mundo actual y los lazos sociales que se producen, se basan, desde hace más de 50 años, en lasevaluaciones. Evaluar pareciera ser el método infalible para determinar el mejor candidato en el ámbito laboral, el mejor candidato político, el mejor colegio para los hijos, así como el mejor servicio a elegir, se piensa que es garantía de conocer la verdad de un objeto, persona o servicio. Encuestas, instrumentos de medición de los más variados (educativos, laborales, de la personalidad), cuestionarios e inventarios cualitativos, llenan el amplio campo de pruebas que, operacionalizando (describiendo en términos medibles y cuantificables) una variable, buscan medir algo: rasgo, conducta, tendencia, etc. Cada uno con su margen de error, alcances y limitaciones, no solo de la consistencia de la prueba (confiabilidad y validez) sino del campo y estructura misma de la prueba, de los principios del lenguaje y análisis matemáticos en los que se basa: la imposible tarea de medir lo que quiere medir. En ese sentido, cada instrumento está sujeto a una mentira-ficción básica que parece nadie ver: solo mide (evalúa) lo que está previamente diseñado para medir, es decir, para decir algo sobre alguien, para interpretar, excluyendo o suprimiendo algo más; reduciendo algo de lo humano a factor a fijarse en algún punto de la conducta, eso que se entienda por personalidad, las respuestas y performance del evaluado (Si el sujeto muestra x, entonces significa y) dándole al evaluador, vía la ilusión de la ciencia –con su supuesta relación con la verdad- un instrumento para decir todo y/o cualquier cosa.

Dicho modelo de evaluación, que considera que una mejor evaluación es requisito para conocer la verdad,   se basa en las lógicas que emanan de la era industrial, afinadas con la cultura de mercado y el capitalismo, ¿Cómo podemos identificar a los más aptos? –es su premisa y objetivos- reduciendo lo apto (las competencias) a lo que previamente se fijó arbitrariamente por el poder, que iba a ser considerado como apto o capaz. En ese sentido, la evaluación, más que ser algo que permita obtener un resultado, es el acto, el gesto mismo de la evaluación, lo que produciría una puesta en funcionamiento de una estructura donde cada persona que es evaluada pierde su singularidad, entrando en el terreno del objeto evaluador-evaluación que será empleado a placer (uso del poder) por la empresa, la institución educativa  y el estado para argumentar “científicamente” una verdad previamente establecida, en base a un modelo de la verdad estándar, moral, UNA verdad para todos.

Si toda evaluación es una reducción practica descriptiva de variables que se identifican con una idea (forma) teórica, con su respectiva ilusión de, “si preguntamos eso o si detectamos tal o cual rasgos” eso será pródromo de…(cualquier cosa que se pretenda evaluar) Debemos decir también que al operacionalizar, describir en términos medibles y cuantificables, incluso cualificables de acuerdo a postulados teóricos llevados al uso dogmático del lenguaje (una ciencia perfecta posee un lenguaje perfecto, desterrando el malentendido, como si fuera eso posible) debemos decir que, a fin de no ser reduccionistas en todo,  es de vital importancia, reconocer que existe un “Más allá de la evaluación”, pues en cada experiencia, contexto y persona, existe algo que, por su naturaleza, no puede ser objetivable, ni medible, que no puede ser puesto en comparación mediante un instrumento para comparar los miembros de una muestra dada, o pretender conocer las tendencias presentes y futuras, de un proceso, objeto o persona. Incluso en la misma física es bien conocido el principio de incertidumbre, algo que en las ciencias sociales y psicológicas, se olvida –sobre todo cuando opera el poder y dogmatismo- que el sujeto no es solo el observador cognoscente, objetivo y puro, de “cabeza fría” sino, algo que se construye a la par de su objeto de estudio, es decir, el evaluador (en RH, en psicología, criminología y psiquiatría) siempre guarda una relación con eso que le formó la  mirada, y que es un peligro creer (no dudar de lo que se ve) que eso que se ve y detecta proviene precisamente del modelo, instrumento o esquemas con los que se opera; de ahí la importancia de la reflexión y rupturas epistemológicas, de tomar distancia, para pensar, repensar, de construir y criticar, eso que se piensa cuando se piensa (¿De dónde viene?) eso que se detecta cuando se detecta, eso que se mide cuando se pretende medir, las fábricas de espejos que se inventan al medir y evaluar. 

Citar artículo

Ramírez-Garza, C. "Más allá de la evaluación." El Porvenir 37520 (2017): 2.