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Reglas y límites


Camilo E. Ramírez

La función de las reglas y límites -en casa y en la escuela- no se reduce solamente a un cumplimiento normativo (el tener que hacer tal o cual cosa, so pena de recibir un castigo, un regaño, una consecuencia, evitar un peligro o malestar, etc. -como gustan decir muchos maestros, psicólogos y psicopedagógos) sino la de ser un referente para la constitución de la diferencia de cada sujeto, de cada persona; espacio y vínculo donde la autoridad se mostrará como una autoridad del maestro que crea algo, un lazo, una relación con el deseo, con el amor por el saber, que no reduce su función en la escuela a un puro ejercicio (disciplinar, sádico, etc.) de la disciplina por el "bien del otro", con su única letanía de cumplir reglas y trabajos, pasar exámenes, para acostumbrarse a obedecer, sino un espacio donde se puede encontrar, en la palabra del maestro/a, algo que no existía, un objeto del saber, una relación diferente consigo mismo, con el mundo...amplificando con ello los caminos y horizontes de vida, generando capacidades e intereses que no existían previamente. 

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Sostener la función: gajes del oficio

 

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Camilo E. Ramírez 

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Una madre, un padre de familia, así como un buen maestro, saben que no deben responder nunca al ataque que les plantea el hijo, el alumno; el despliegue y ejercicio de su función, implica poder soportar, sostener la tensión y  agresión que les es dirigida, nunca “pagar con la misma moneda”, a fin de no dar punto de apoyo alguno, confirmando, a eso que les es ofrecido a través del vínculo que tienen (gajes del oficio) como efecto de lo que el otro le ofrece,  si es que desean producir una experiencia donde al hacer, digan, muestren en acto, produciendo un gesto, que logre transmitirle y enseñarle algo al otro sobre sí mismo. De lo contrario, responder pagando con la misma "moneda", violentando al hijo/a o al alumno/a, no solo hacen desaparecer la función parental o del maestro, sino los reduce al otro especular, que al igual que ellos, está sumido en la angustia, en el sin sentido, sin poder orientarse en su función, ofreciéndole la violencia y el poder, como única vía para hacerse un lugar.

Las artes marciales orientales, enseñan algo que es eje de la comedia, de la poesía, como de la función parental y del enseñante: esa agresión, esa fuerza, ese desgaste de vitalidad que viene del otro, es justamente con eso mismo que se le responderá, basta con saber-se colocar en un punto justo para mostrar que la fuerza que dirige el ataque, es la misma con la que el otro hace su defensa, desequilibrándolo: me defiendo con tu propia fuerza, te enseño con tu propio ataque, arte de la enseñanza.  

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Hablar con (su/sus) adolescente/s 

 

 

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Camilo E. Ramírez

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“Cuando los adultos nos saben que decir, te aplican, EL cuestionario”

David Navarro

 

Que ¿Cómo puede uno saber, cuando ya no es un adolescente o un joven? Precisamente cuando uno los nombra/tipifica (“…es que los adolescentes/es que los jóvenes”) como si se tratase de una unidad homogénea y bien descrita. Justamente en ese punto, hemos dejado de oír la singularidad de cada uno.

Comparar, definir y clasificar, son operaciones que se aplican no solo en el ámbito de las ciencias físicas, sino en el campo de las humanidades. Pero a diferencia de operar sobre objetos físicos inanimados, los humanos solo podemos ser comparados mediante el despojo de nuestra singularidad y el establecimiento de modelos referentes, ¡El deber ser! Que tanto daño hace. Es decir, pensar la vida humana, entendiendo por vida, una sola forma de pensar la existencia, moral, biológica y psicológicamente, donde el todos y cada uno deberíamos ocupar un puesto determinado, a fin de poder encajar en la clasificación. Funcionar de tal manera es dejar, eso singular humano, en el olvido, pretender reducirlo al silencio, planteando que, “eso” precisamente que se sale de la norma, debe ser perseguido/corregido, so pena de ser excluido del intercambio y lazo social con los “normales”.

Dejar de pensar en “los adolescentes” como si fueran una unidad bien descrita, es darle voz y voto a cada sujeto, abrirse a la experiencia de reconocer en cada experiencia, las ideas, tensiones, deseos, ilusiones, quejas, angustias y anhelos que los habitan y encuentran. Sucede una cosa curiosa en el pasaje de niño o adolescente, y es que el/la amado/a y tierno/a bebé/niño/a, es considerado por los adultos que le rodean como toda bondad y ternura, pero de pronto, pasados los años, en algunos casos, la concepción se transforma, y aquella dulzura aparentemente inagotable, se torna angustia y desesperación por controlar cada uno de sus movimientos, bajo la idea del cuidado y protección, entonces las brechas aumentan y el diálogo parece imposible. Hay quienes tienen un verdadero deseo de dialogar, pero les inhibe el miedo de toparse con la incomprensión, ser regañados y castigados. Mientras que algunos padres creemos ilusoriamente que debemos plantar bien a bien nuestra autoridad mediante actos tajantes, como gritos y amenazas, pues si no se hace eso se teme que los hijos se “trepen” y “tomen la medida”, fantasía del dictador que cree que para controlar tiene que atemorizar, pues todos confabulan con derrocarlo.

Los hijos, como los alumnos, no son juguetes del adulto, simples objetos de estudio a ser moldeados (definidos) a placer o frustración;  no son ellos quienes deben cumplir con los sueños perdidos de sus padres y/o maestros. Sino más bien, permitirles encontrar, eso que andan buscando, sin siquiera saberlo del todo, siendo referentes, guías, si se quiere ver así, de que hacer, que no hacer, como no ser…a partir de lo cual alguien puede encontrar/crear posiciones nuevas ante su vida y el mundo que le rodea.

 

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¿Hijos espías?

 

 

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Camilo E. Ramírez

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-" ¿Y tu mamá ya tiene novio?" "¿Sabes si ya conoció a alguien?" - pregunta el padre a su hijo, quien incomodo le cambia el tema. 

- "Tu papá no los quiere, si los quisiera me daría más dinero para ustedes" -exclama una madre a sus hijos.

Situaciones, entre muchas otras, acontecen a los hijos ante el divorcio de sus padres: tener que oír ataques a quienes son sus progenitores, así como pretender ser usados como "espías" para obtener información que ayude a "atacar" o "contra-atcar" en un proceso legal. 

Para la ex-pareja el otro/a se trata de quien antes se amaba y hoy se ha separado (se odia, etc.) pero para los hijos los padres seguirán siendo sus padres. Esto a veces no se toma mucho en cuenta por ambos padres, quienes, atrincherados en sus argumentos, buscan afectar al otro, sea buscando "adeptos" en los hijos (¿Tu del lado de quien estas?) ello lleva, en muchos casos, a desestabilizar afectivamente a los hijos de ambos, quienes habitan entre un verdadero campo de batalla. Una de las posibles soluciones para ellos es dejar de confiar en ambos padres y "salir" a buscar otros referentes, cuando no, a cierta edad temprana, independizarse. Ya que los conflictos personales entre los adultos que los engendraron no les permiten a éstos cumplir con su función parental. 

Una de las recomendaciones básicas a los padres, ante un divorcio, es no convertir a los hijos en depositarios de su frustración o enojo hacia la ex-pareja ("¡eres como tu...madre/padre!") ya que el conflicto es con la ex-pareja y no con los hijos.  Poder diferenciar la relación de pareja de la función parental es elemental para tomar las decisiones adecuadas sobre la educación y la crianza de los hijos. Ello, evidentemente, requiere de un nivel de cierto diálogo con la ex-pareja que a veces es difícil lograr, pues los conflictos de pareja afectan demasiado las cuestiones relativas al rol parental. Diferenciar eso, da mucha claridad de decisión: se trata de ellos, los hijos, no de la pareja.

Evitar el "anda ve y dile" a tu madre o a tu padre lo que no podemos decirnos, es ubicar al hijo/a en una poción vulnerable y angustiante, haciéndole participe de los conflictos de los adultos, además de la impotencia de no saber que hacer ante tal o cual problemática, pues son cosas que le rebasan en mucho su comprensión y poder de decisión. Lo mejor seria no usar a los hijos para eso, sino hablar directamente en términos que ellos pueden entender y procesar. 

Una vez que la pareja ha logrado generar un acuerdo en común, que eso puede llevarse mucho tiempo y no sin conflictos de acuerdo a cada caso y situación, sobre en qué términos se van a divorciar, se puede decidir cómo comunicar a los hijos al respecto de la decisión, haciendo mucho énfasis en que ellos como sus padres siempre estarán con sus hijos, que el divorcio es sobre ellos como pareja no sobre los padres con los hijos. Esto, evidentemente debe acompañarse de acciones concretas ya en la vida diaria, en donde se manifieste el apoyo hacia ellos. 

Así como existe un proceso de noviazgo y matrimonio, también puede darse un proceso de separación y divorcio al cual le puede ser de mucha ayuda, ubicar ciertas nociones básicas. de cómo manejarlo en pareja, futura ex-pareja, así como con los hijos. Situación que a menudo queda un poco -o un mucho de lado- ante la prioritaria demanda económica y reparto de bienes a pelear, que algunas personas manifiestan como urgente a aclarar. 

 


 

Los niños y la violencia

 

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Camilo E. Ramírez

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“Lo que no comprendían era que bajo

el ropaje de esta violencia subjetiva irracional

estaban recibiendo en forma  invertida el mismo

mensaje que ellos habían enviado”

Slavoj Zizek 

 

Las violencias entre niños y jóvenes no sólo son la manifestación de las tensiones entre pares, sino expresión del contexto social y familiar en el que viven.

De lo social a lo familiar, pasando por lo institucional, la escuela –posteriormente será el  lugar de trabajo- se van tejiendo las formas elementales de relación, entre las cuales podemos encontrar, la violencia, como una forma activa de relacionarse con los demás, que va más allá de la defensa y ataque, constituyendo, modelos que realizan una verdadera apología del crimen. El control y reducción del otro, mediante el amedrentamiento y la extorsión, incluso el asesinato, son vínculos que los niños y adolescentes reproducen, precisamente porque dichos lazos sociales se encuentran ya bien localizados en la esfera social, de la familia, el trabajo y la escuela, así como en el panorama político. Y en cierta medida – podríamos decir- han aprendido bien de dicha “escuela de vida”: la violencia como una forma de relación con el otro. Enseñar a los jóvenes a manejar, por ejemplo, no solo implica la adquisición de las habilidades técnicas para la buena conducción, sino la identificación con una cierta cultura vial. Lo mismo con la violencia, las agresiones y el asesinato, van formando formas de relación de una colectividad más amplia, ya no exclusiva de unos grupos bien identificados. Pues en cierta medida- la muerte y el crimen- por irónico y trágico que parezca, también se democratizan, es decir, lamentablemente llegan a más personas.

La cultura del narco, por ejemplo, es para muchos niños y jóvenes, una posibilidad de, por un lado, acumular rápidamente dinero y poder, objetos que seducen a más de uno. Mediante los cuales se plantean la posibilidad de sobrevivir en un contexto social –lo sepan o no- en donde ellos mismos han sido reducidos a simple cifra y organismo a controlar, permitiéndoles, el crimen, desafectarse de dichos efectos estructurales violentos. En ese sentido, podríamos plantear, que cierta violencia que ejercen niños y jóvenes es una forma activa de expresar aquella violencia estructural (desamparo social) que ellos mismos han recibido y padecido. Además de usar la muerte –narco-estado style- como una forma de dirimir sus conflictos, con la lógica de “Si yo veo que el Estado y el narco-estado, resuelven sus problemas asesinando, extorsionando y desapareciendo, cuando yo tenga problemas en la escuela, con la familia o de amores, haré lo mismo”

La violencia parte de las tensiones de con-vivir con el otro, ese otro que puede ser mi amigo y/o mi enemigo, aquel que me es necesario, pues me cuida y me ama, pero también puede odiarme, y ser la causa de mi aniquilación, de mi exclusión social (“Este pueblo es demasiado pequeño para los dos” – le decía un vaquero a otro) y por eso mismo debe de pagar las consecuencias, desaparecer o morir, ser objeto de mi venganza. Situación que obvia cualquier marco legal que regule las relaciones entre sujetos, y más cuando dicho marco legal sufre de poca, por  no decir nula, credibilidad, debido a la corrupción y demás crímenes que quedan en la impunidad. Dando la sensación de angustia y desamparo de “sálvese quien pueda”, “El que no tranza no avanza”, “Chinguen lo que puedan mientras dura el sexenio y/o el puesto” mensajes que directamente se clavan en las formas de relación de niños y jóvenes, reproduciéndose en cada vínculo que establecen: “Quería darle su merecido, por eso le hablé a mi amigo para matarla” –narra en su declaración un joven de 17 años quien junto a otro de 16, violaron y mataron a una muchacha de 13, en Aguascalientes, México, al parecer por conflictos que uno de ellos había tenido con la mamá de la muchacha fallecida. Caso que bien podría ser la estructura básica del ajuste de cuentas que ejerce el Estado y el narco-estado: “Ya ayer acabé de darle un pinche coscorrón a esa viaja cabrona”- le dijo Mario Marín, ex gobernador de Puebla, a su amigo Kamel, quien para él, aquel era un héroe, sobre las agresiones ordenadas contra la periodista Lydia Cacho.  

 


 

Acoso cibernético

 

 

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Camilo E. Ramírez

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Debido a los cambios en las ciudades -que van desde las modificaciones en el diseño urbano hasta el aumento de la criminalidad- el ciberespacio se ha constituido, en gran medida, no solo en medio de búsqueda de información, sino en lugar de encuentro e interacción, por lo que ahora la gente vive las experiencias que antes tenían lugar en la calle, el barrio cercano, el parque, y demás espacios de encuentro, en alguna plataforma de la internet. Esto, por supuesto, lleva a cambios en las formas de interacción y subjetividad de la época, caracterizada por moldearse a las formas que la plata/forma (Facebook, twitter, Whatsapp, etc.) nos planteen para poner en relación entre  personas. Es decir, es la plataforma con sus características específicas las que van dictando qué y cómo ponerse en relación consigo mismo y los demás, por ejemplo, las palomas de recibido y visto de los chats del Facebook así como los de WhatsApp, crean un relación particular con el tiempo, la espera y la inmediatez, generando, en muchos casos, conflictos en las relaciones de amistad, de trabajo y de pareja.

Como era de esperarse, así como la cultura y la tecnología, son rasgos de lo humano, el crimen igualmente tiene su sello característico tanto dentro y fuera del ciberespacio. Con la dificultad de que es todavía muy difícil investigar la identidad del cibercriminal. Facilitándosele su tarea debido a que toma la información que los millones de usuarios le han proporcionado. ¿Y por qué los usuarios proporcionan información de manera tan sencilla, que después puede ser usada en su contra? Por un lado, se puede perder de vista que aunque la persona quien usa la computadora se encuentre en un lugar “seguro”, por ejemplo su casa o su trabajo, la internet y sus diferentes plataformas no son seguras. Al ser públicas están sujetas al uso que se pueda hacer de las fotos y textos que se publiquen. De ahí la recomendación que de igual forma circula por la red: “Si es algo privado no lo publique” Pues todo lo que está en la red es público y cualquier persona puede tener acceso y hacer uso o abuso de la misma. En la mayoría de los casos de acoso cibernético fue el mismo usuario el que proporcionó la información que ahora usan para atacarle

Otra cuestión de fondo que hace que se comparta tan fácilmente información en la red, se debe en gran medida a una especie de autentificación de identidad (¿Quién soy?) que se cree que la misma publicación en la red hace: si  lo publico, existo, soy, es decir, se trata de compartir el espacio privado, solo que al hacerlo éste se convierte en público, y empezará a circular de otras formas, sobre todo para quien desea acosar o realizar un cibercrimen (robo de identidad, fraude, etc.) en dicho contexto. Esto, por supuesto, no lo inventa la internet, ya que el compartir información existía desde antes, sino lo que hace el ciberespacio es potenciarlo al por mayor, promoviendo la publicación de cosas del ámbito privado, poder llegar de manera viral a millones en cuestión de segundos.

Algo muy elemental a tomar en cuenta es que si la identidad postmoderna se caracteriza por una transgresión de lo privado en lo público, como contexto subjetivo, entonces hacernos la pregunta de, ¿A qué intereses obedece el hecho de sentir la imperiosa necesidad de publicar cuanta cosa suceda, incluso bajo el riesgo de ponernos en peligro debido a información personal y familiar, para terceros desconocidos? Una primera pista la podemos encontrar en una “pesca” de información de instituciones bancarias y de mercado en relación con los motores de  búsqueda, es decir, el supra-sistema monitorea algunas palabras claves de correos y demás producción escrita y gráfica, a fin de hacer un “folder” virtual de historial de búsqueda para ofrecernos precisamente lo que andamos buscando, una especie de “Ángel de la guarda” cibernético, razón por la cual se confía casi ciegamente, pues promete hacer la vida más sencilla, pero sin considerar el reverso criminal de la misma situación que nos prometía confort y placer, cuando algo de esa información “se filtra” y toma otros usos y horizontes.  

 

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¿Me divorcio o no?

 

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Camilo E. Ramírez

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Hace unos días, en una reunión con amigos, alguien me propuso contestar esa pregunta, pidiéndome dar algunos elementos que ayudaran a reflexionar al respecto. A continuación transcribo algunas de las ideas comentadas. La primera pregunta que se me hizo fue: “¿Por qué la gente se divorcia?” A lo que respondí, que al contrario, la pregunta correcta que tendríamos que hacernos para poder responder a dicho cuestionamiento era plantearnos, ¿Por qué la gente, en principio, se junta/casa/encuentra/enamora....(junto a un largo etcétera)? (Algunas claves pueden consultarse en Freud. S. Sobre un caso particular de elección de objeto en el hombre; Verhaeghe, Paul El amor en tiempos de la soledad) Ello nos abre un panorama, personal y familiar, incluso cultural, sobre las razones y motivos por los cuales alguien decide pasar del noviazgo al matrimonio en nuestra cultura y de reversa.  Y que, en algún momento, bajo ciertas condiciones y experiencias, considera la posibilidad (y/o la lleva a término) de divorciarse. ¿Por qué casarse?, en general. Y ¿Por qué con esa persona en particular? Dos preguntas que llevan a la reflexión y a una toma de conciencia a quien piensa en casarse. Pues eso de “el amor” es ciego y no implica pensar, es una forma de “Tabu” de no poder reflexionar al respecto, como si eso al pensar sobre el amor se le estuviera restando importancia al “senti-miento” del amor, cosa por demás absurda.

Retomando el cuestionamiento de ¿Me divorcio o no? Queriendo poder tomar una decisión, digamos, adecuada. Aunque ello es algo difícil de precisar, porque solo la vida va confirmando una decisión pasada, volviéndose a veces un espejismo, lo que creí que era lo mejor no lo fue, y viceversa, eso implica vivir y decidir: asumir el riesgo al cambio. Aunque para muchas personas, ya el casarse estuvo mal. Humor negro que de igual forma enseña algo sobre las relaciones.

El/la casado/a considerando a divorciarse podría partir de aquello que en la relación le está planteando/sugiriendo la posibilidad de separarse. Pero considerando una diferenciación radical y necesaria: ¿Los motivos por los cuales se está considerando divorciare parte de algo experimentado en la esfera del amor? (Ya no lo/a amo, no experimento amor alguno, no quiero ya estar con esa persona, etc.) o de dificultades propias de la interacción, derivadas de diferencias, mal-entendidos, confusiones, etc. propias de cualquier vínculo humano, que de igual forma pueden ser muy molestas, pero no alcanzan a poner en duda el amor que se tiene sobre el otro, y además el deseo y el amor experimentado, por querer estar con esa persona, no se pone en duda, se sabe, se siente, se tiene la certeza, de no querer estar casado/a con nadie más. Si esa es la cuestión, cuando se abordan, resuelven y más o menos las diferencias y malos-entendidos y se llega a un acuerdo, la idea de divorciarse/separarse, desaparece. Pues lo que estaba pasando era que la idea del divorcio  era una forma de “poner fin” a la molestia. Lo mismo encontramos que les sucede a muchas parejas de novias que “cortan” y regresan muchas veces, pues lo que se desea no era terminar la relación, sino crear un espacio y/o sacudida para posibilitar algo en sí mismo/a o en ambos.

Si, por otro lado, al arreglas las diferencias y volver a “estar bien” sin tanto conflicto, la pareja o un miembro de ella sigue pensando en divorciarse, a pesar de que ahora se “llevan muy bien”, y eso se sostiene un tiempo prolongado, ya no como problema sino como el estado constante de la relación, se podría considerar la posibilidad de que quizás ya no se desea estar con esa persona. Pues no es lo mismo querer salir corriendo ante la primera dificultad a que la relación no de “ni para tras ni para adelante”, pero haya demasiada estabilidad, pero no hay amor, ni ganas de compartir la vida con el otro. En ese caso la decisión parece más clara. Inclusive hay algunas experiencia matrimoniales en las que se pueden rastrear ciertas situaciones en el noviazgo que indicaron en el noviazgo –pero no se quiso hacerles mucho caso, debido a que el noviazgo y matrimonio son convenciones sociales que alguien asume sin ninguna reflexión ni conciencia, solo hace lo que sigue- que algo desde la unión no estaba en relación con el amor, sino con el confort y/o la esclavitud del otro. Y que cuando eso cambia (del otro, de mí mismo, de la forma de llevaros, la salud, el dinero, etc.) entonces algo se acaba. 

 

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Psicoanálisis de la dis/pareja

 

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Camilo E. Ramírez

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Discusiones, peleas y problemas entre enamorados. Desde una perspectiva simple, los problemas de una pareja se podrían considerar como fallas en la comunicación, que lo que habría que hacer para solucionarlos es, simplemente, “hablar claro” y listo,  problema solucionado. Pero que tal si los problemas no se resuelven al hablar, sino al contrario, a cada intento de buscar “hablar claro” pareciera que aumentan y se intensifican.

Otra forma de situarse ante los problemas que una pareja de enamorados tiene, es considerar que éstos no son solo fallas en la comunicación, que lo que hay que hacer para solucionarlos es “hablar claro y derecho” (lugar común), sino que los problemas son indicios de algo más, es decir, cumplen con una función específica para la pareja y/o cada uno de sus miembros: el/los problemas que una pareja tiene, comunican algo que implica a cada uno de sus miembros, pero también a la pareja en tanto grupo. Dicho cambio de perspectiva introduce el sentido subjetivo (su mensaje) de los problemas, en lugar de tomarlos solo como fallas en la  “mecánica en la comunicación”. Para situarse en tal contexto del sentido subjetivo de los problemas, se podrían plantear algunas preguntas como por ejemplo: “¿Por qué tendremos estos problemas y no otros?”, “¿Qué nos comunican nuestros problemas sobre nosotros mismos y sobre nuestra relación?”, “Si nuestras discusiones y conflictos tuvieran un mensaje, ¿Cuál sería?”. “¿Qué es lo que nuestras discusiones y malestares nos dicen a cada/uno? ¿Qué nos revelan?” “Lo que digo de ti, ¿qué tanto está en ti o en una su-posición mía?

 A menudo la pareja se constituye como el lugar del malestar –antes, lugar de amor, comprensión, etc.- al cual dirigirle no solo las demandas mas imposibles (¡Dame tal o cual cosa!, ¡Haz tal o cual cosa!, “¡Tu debes siempre…!”, etc.) sino las quejas y reclamos sobre eso de sí y de la realidad que falla (“¡Por tu culpa, yo no soy/hago….!”) como si tuviera la pareja que ser garante (hacerse cargo) de un orden por demás imposible. Aquí se encuentran todas las problemáticas amorosas del estilo “Por que el/ella no es así como idealmente lo he pensado/deseado/anhelado”; “Es que todo sería perfecto si tan solo cambiara y fuera como yo quiero” Donde parecería que el paraíso es posible si tan solo el/ella cambiara a mi placer. La experiencia muestra a cada instante que el objeto amoroso también posee su dimensión fatal (“Lo que no has de querer en tu casa has de tener”) que paradójicamente hace que alguien se enlace con quien precisamente –en parte- no quiere, justo para seguir deseando, demandando, maldiciendo, ¿rezando? (“¡Hasta le he pedido a Dios que cambies!, a ver si me hace el milagro”), etc. puesto que el amor se construye de demandas, reclamos (“El otro me ama, porque veo que me  mira, me pide algo, se ocupa de mi”) es decir requiere de la falla elemental: ni tu ni yo estamos en posibilidad de dar-nos eso que “decimos desear”, puesto que en realidad no queremos eso que deseamos, sino solo “lo deseamos” en tanto sueño y añoranza; se pide eso que se sabe no vendrá, movimiento necesario para seguir deseando. Situación de esperanza y deseo que se rompe en la lógica del mercado (“¿Encontró todo lo que buscaba?”, ¿Quiere más por su dinero?, ¡El cliente siempre tiene la razón!) en donde el tiempo y la espera se organizan para recibir lo que se paga, considerando los errores y fallas como muestras de un “mal producto” que hay que reclamar. Trasladado al amor lo que se considera hoy como “una mala relación” es más bien una relación que muestra algo fundamental de las relaciones de los humanos: que hay una no-relación, es decir, una relación donde el otro –y por supuesto uno- nunca estará en posibilidad de “llenar al 100%” las expectativas que se tengan, pero que a partir de tales “desencantamientos” (problemas) se podría construir algo desde “lo que hay” en lugar desde lo que “Debería ser”, lugar para el lamento y llanto más ingenuo del por qué la realidad no coincide con el molde ideal. 

 


 

Los hijos ante el divorcio

 

 

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Camilo E. Ramírez

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El divorcio es un proceso que viven los padres. No son los hijos los que se divorcian de sus padres. No obstante, ante una separación o divorcio cada miembro de la familia, cada pareja, lo afrontará de manera diferente. En esta experiencia, como en todas en la vida, no puede haber recetas ni reduccionismos de “hágale así, hágale asá” Sino más bien, reflexionar sobre el proceder de cada persona y situación, a fin de contener las angustias que pudieran presentarse en los hijos. Son momentos de cambios y quizás de mucho coraje y frustración, y ello es a menudo “caldo de cultivo” para la generación de agresiones, dentro y fuera del núcleo familiar. Advertir tales posibles efectos, permite atenderlos oportunamente.

Cuando la separación y/o el divorcio es de mutuo acuerdo y ambos padres están conscientes de que las situaciones que los llevaron a tal decisión solo los competen a ellos, podríamos decir que hay más facilidad de que se generen acuerdos que faciliten la convivencia y formación de los hijos (la manutención, los horarios de visitas, etc.) sin que estos se desestabilicen –emocional, académica y económicamente-  demasiado. Aunque cada caso es singular y habría que ver a detalle la situación. Por otro lado, en ciertos casos, debido a los conflictos que tienen los padres, realizan ciertas acciones con sus hijos, como tomarlos como “espías” del otro, hablarles mal de su padre o de su madre, no diferenciando la pareja del padre o madre, incluso transferir sobre los hijos el coraje que se tiene sobre la pareja, en tales casos, los hijos experimentan vínculos agresivos con sus padres, como si estuvieran en medio de “un campo de batalla” lidiando con una “guerra” que no les es propia, recibiendo agresiones que no les corresponde, como si el padre o la madre los viera y tratara a través de lo que odia de su pareja, lo que en otro tiempo fue verlos “con ojos de amor” (“Mira, que hermoso/a te pareces a tu…”) ahora es motivo de violencia.

Retomando, los padres son los que se separan entre sí, pero no de los hijos. Ello pueda ser punto de partida para construir vínculos nuevos en donde toda la familia se ajustará a dichos cambios. No será fácil, pero tampoco es algo que sea imposible. La estabilidad dependerá del nivel de agresión y conflictiva que los padres tengan con el otro. Pues la constante es procesos largos y tormentosos, pues no se espera que haya divorcios modelos, puesto que si no hubo la posibilidad de llegar a acuerdos durante la relación no podría encontrarse al 100% coincidencias y acuerdos al momento de separarse o divorciarse. El poder por el control (económico y de los hijos) desgasta mucho los procesos y genera más conflictos. Como dice la sabiduría popular, al final, después de un proceso de divorcio, largo y tormentoso, los únicos que ganan son los abogados de ambos.

Hablar con los hijos sobre la decisión que se ha tomado, refrendarles con palabras y hechos, el amor, apoyo y continuidad –con sus respectivos cambios y ajustes, por supuesto, no se puede hacer como que no pasó nada- en las actividades de su vida, puede dar contención a sus angustias y fantasías sobre lo que se estarán viviendo en lo inmediato y a mediano plazo. Pasar tiempo con ellos, jugar, hablar, responder sus dudas e inquietudes, permite tener un vínculo de confianza, muy necesario, siempre y sobre todo en estos momentos; culparlos por algo que no hicieron (la ruptura, la separación o el divorcio) denostar a su padre o a su madre (“Ya sabes que él no te quiere, por eso no viene ni nos da dinero”, “La culpa la tiene tu madre”, etc.) es generar más conflictos a los que ya se están viviendo, al confrontarse con una variante en la vida que quizás nunca habían pensado: la separación de sus padres.

Vivir una experiencia de separación -como muchas en la vida –generará dolor e incertidumbre, pero sobre todo, una forma de encontrar/desarrollar una sabiduría de vida: algo cambió en la familia y en ese proceso algo también se transformó en sí mismo/a, quizás se tomó más conciencia del tiempo y la vida, de la propia persona, de la responsabilidad y, sobre todo, de la independencia. 

 

 


 Citar en artículo:

Ramírez-Garza, C. (20/05/2015). Los hijos ante el divorcio. El Porvenir/ Cultural, p. 3.