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El stand-up comedy y el psicoanálisis lacaniano:

hoy más necesarios que nunca[1]

 

Camilo E. Ramírez*

 

 

“Es necesario un nuevo analista para esa nueva era,

del Otro que no existe.”

Jorge Forbes[2]

 

 

Partamos rápidamente de una pregunta –¿acaso lo podríamos hacer de otra forma? –. ¿Por qué sostenemos que el stand-up comedy y el psicoanálisis lacaniano son hoy más necesarios que nunca? Sin pretensiones de exhaustividad, comentemos algunos puntos:

1. Por una creciente ola de lo políticamente correcto, que nubla cualquier tipo de debate y reflexión, tanto de ideas como de prácticas, por a priori considerarlas ofensivas, y que ve en todo lo inédito una amenaza a la estabilidad, en lugar de una oportunidad de invención y amplificación.

2. Por un exceso de especialistas e intelectuales, anuncia desgracias (y ¡el colmo de los colmos! aun dentro del psicoanálisis) quienes proponen que ante los diversos malestares -¡las plagas del fin de los tiempos!- es urgente un guarecimiento en valores y tradiciones, conservadoras y disciplinarias, consideradas más puras.

3. Porque tanto el stand-up comedy como el psicoanálisis lacaniano se basan en una ética y no en una moralidad. Al tratar los impases que vivimos los humanos ambas prácticas intentan hablar de lo imposible a través de un medio decir de la verdad “Entre broma y broma…la verdad se asoma”. Las dos son quehaceres de lo incompleto, que destraban, desarticulan, rompen pesadas cadenas - ¿o muestran que no hay cadena significante posible que dé cuenta de todo? -. Al apuntar hacia un más allá de toda significación; pasando de la racionalidad a la resonancia, sorprenden, sacuden, divierten y monstran[3] un savoir faire, no angustiado, ni fatalista, sino creativo y responsable con aquello que se escapa a nuestra comprensión, posibilitan formas singulares de lidiar con ese Real sin nombre ni ley.

 

 

El stand-up comedy y el psicoanálisis lacaniano:

dos antídotos ante lo políticamente correcto

 

“¿Por qué ser feliz cuando puedes estar interesado?”

Slavoj Zizek[4]

 

Cuando en 1909 Sigmund Freud fue invitado a la Clark University en Worchster, Massachusetts, Estados Unidos, a dictar sus “Cinco conferencias de introducción al psicoanálisis”[5] y recibir un título honorario,[6] Lacan relata que, en el trayecto en barco, con la Estatua de la Libertad de fondo, Freud le expresó a Carl Jung: “No saben que les traemos la peste.”[7]

Decíamos ya que lo políticamente correcto nubla y obstaculiza cualquier tipo de debate y reflexión por considerar a priori que muchas prácticas, ideas y formas de vida son “ofensivas”. Como decíamos, el psicoanálisis lacaniano y el stand-up comedy responden con una ética del bien-decir y parten de la implicación y la responsabilidad del sujeto en todo momento. “De nuestra posición de sujeto, somos siempre responsables”[8], ya que el stand-up comedy y el psicoanálisis lacaniano se caracterizan por tratar los asuntos humanos fuera del common sense plagado de lugares comunes. De ahí que un posible efecto, tanto de un asistente a un stand-up comedy como de un analizante en un análisis lacaniano, es no poder permanecer pasivo e indiferente ante lo que tratan, ya que ambos son quehaceres de contacto e implicación.

Intentaremos trabajar tal cuestión en dos aspectos: uno en relación con el psicoanálisis, lo que ha sido en estos más de cien años; el otro, tomando dos rasgos culturales predominantes en nuestro contexto actual: el miedo y la indignación.

Para hablar de lo que ha sido el psicoanálisis, tomaremos como referencia los cuatro momentos sugeridos por Jorge Forbes[9] para dividir su historia:

1. El original, de la escucha freudiana.

2. El de sentir lo que no puede ser dicho.

3. El de una nueva escucha, filtrada por la ciencia.

4. El de implicación que corresponde al tiempo actual.

En el primer tiempo, el de la escucha freudiana, Freud descubre que la palabra toca el cuerpo, que la comunicación alivia[10] y que las palabras se organizan siguiendo otras lógicas. Desde el inicio Freud notó que los cuerpos de sus pacientes histéricas, no se comportaban siguiendo las lógicas de la fisiología y la anatomía, sino una lógica subjetiva, simbólica e inconsciente:

Antes de abandonar París, convine con el maestro (Jean Martín Charcot) el plan de un trabajo comparativo de las parálisis histéricas con las orgánicas. Yo quería desarrollar la tesis de que, en la histeria, parálisis y anestesias de partes del cuerpo se deslindan guardando correspondencia con las representaciones comunes (no anatómicas) que los seres humanos tienen de estas últimas.[11]

Al escuchar, sin juicio ni restricción alguna, los relatos y asociaciones de sus pacientes, le fue posible advertir esos otros sentidos, hasta entonces desconocidos, la otra escena inconsciente, que da soporte a la significación a tal o cual síntoma, sueño, lapsus, acto fallido, etcétera. Se pretendía escuchar para detectar ya no una enfermedad, como lo hace la medicina con sus escucha disciplinante y correctiva, sino la singularidad de una expresión. Para ello, construyó un método inédito: la asociación libre.

Antes de que yo pueda decirle algo, es preciso que haya averiguado mucho sobre usted; cuénteme, por favor, lo que sepa de usted mismo… Diga, pues, todo cuanto se le pase por lamente. Compórtese como lo haría, por ejemplo, un viajero, sentado en el tren del lado de la ventanilla que describiera para su vecino del pasillo cómo cambia el paisaje a su vista.[12]

Posteriormente, los posfreudianos se encargaron de continuar la labor encomendada por Freud. Si bien realizaron diversos aportes, también tergiversaron su obra, hasta desembocar en un estado en el que la virulencia freudiana –fuera de todo common sense– que intentaba abordar las verdades más elementales sobre la vida humana, la sexualidad, las pulsiones, los sueños y sobre todo, respecto a la conducción de un análisis, es decir, lo referente al uso del método psicoanalítico, fue olvidada. Así, se dio paso a un segundo momento, el de sentir lo que no puede ser dicho, en el que los analistas dejaron de escuchar para comenzar a sentir. Creyeron que un sentimiento sentido en sí mismos, podía ser la verdad de sus pacientes. Hasta la fecha muchas escuelas de psicología e institutos de formación psicoanalítica enseñan a sus alumnos a decirle al paciente frases como: “Siento que tú quieres…” o “Me parece que lo que sucede es que…” como preámbulo para explicar o revelar algo que consideran una interpretación.

En ese modelo, el paciente habla, pero es el analista quien, a través de su sentimiento, completa lo que su paciente no puede decir. Esto supone que el analista, habiendo sido él mismo analizado previamente (¿purificado?) tiene un sentir más claro y puro sobre su paciente, lo que dio inicio a una corriente maternalista, aún presente en nuestros días, que usa la contratransferencia como guía para el diagnóstico y tratamiento.

Esa forma de psicoanálisis ya no se ocuparía de la lógica inconsciente y la psicología de los procesos psíquicos para dar cuenta de lo que sucede en la vida de una persona y así poder intervenir durante la cura. Más bien, capturados por el colorido sensacionalismo de las fantasías que emergían de lo inconsciente, olvidando su constitución y estructura, dichos analistas las emplearon para realizar el tratamiento a través de las sensaciones: las fantasías son recibidas, metabolizadas y explicadas pacientemente por el psicoanalista, identificándose él mismo con una madre que todo lo entiende, que todo lo perdona y explica.

Jacques Lacan se opuso rotundamente a esa corriente maternalista-adaptativa del psicoanálisis.[13] ¡Nunca la verdad de un sujeto puede ser el sentir de alguien más! Le sentiment (el sentimiento miente) con lo que se dio inicio al tercer momento, el de la escucha filtrada por la ciencia. Para ello, propuso un retorno a Freud a través una lectura a la letra de su obra, sirviéndose de conceptos surgidos en otros campos, como la lingüística, el estructuralismo y la matemática. Tomó ciertas nociones lingüísticas, como el significante, la metáfora y la metonimia para explicar los procesos psíquicos freudianos, entre ellos el de condensación y desplazamiento, al retomar la noción de estructura, a fin de describir las operaciones del psiquismo inconsciente. Mediante la fórmula el inconsciente está estructurado como un lenguaje[14] se puede sintetizar la llamada “primera clínica de Lacan”, en la que predomina el registro de lo Simbólico sobre lo Imaginario y lo Real.

Lo que descubrimos en la menor experiencia del psicoanálisis es ciertamente del orden del saber y no del conocimiento o de la representación. Se trata precisamente de algo que une un significante S1 con otro significante S2 en una relación de razón.[15]

Una de las consecuencias técnicas de dichos planteamientos consiste en reconocer que el propio inconsciente interpreta: el chiste se cuenta solo. De ahí el retornar a escuchar, dejando de lado el sentir y el suponer. Pues se advierte, clínica y teóricamente, cómo es que el inconsciente está estructurado como un lenguaje. Curioso es que esta máxima aún cause incomodidad en algunos ámbitos a pesar de que Freud, desde el inicio, planteó que el soñante sueña en otra lengua, en una lengua extranjera. El sueño es un juego de sustitución de elementos:

Los desplazamientos antes estudiados resultaron sustituciones de una determinada representación por otra que, de algún modo, le era vecina en la asociación […] se trata de un desplazamiento a lo largo de una cadena asociativa; el proceso es el mismo, pero se cumple en esferas psíquicas diversas…[16]

En síntesis, podemos plantear que durante una experiencia analítica, el analizante puede estar en posición de descubrir que “posee una matriz significativa, un axioma significativo –el fantasma– que da base a sus interpretaciones de la vida”.[17]

Posteriormente, a partir de lo captado en la actividad clínica, en 1970 Jacques Lacan hace un cambio en su enseñanza, que hará surgir el cuarto momento en la historia del psicoanálisis, el de implicación. Este cambio se da al advertir los alcances y límites del registro simbólico y la cadena significante para dar cuenta de todo. Lacan reformula los tres registros. Entonces le da preponderancia al registro de lo Real, ubicándolo por encima de lo Simbólico y lo Imaginario. Esta concepción la sostiene hasta su muerte.

Lacan partió de Freud, quien desde el inicio de su labor advirtió los puntos oscuros en toda significación. Freud le dio varios nombres a eso, incluyendo el ombligo del sueño, la castración, el más allá del principio del placer, la compulsión a la repetición y la pulsión de muerte. Por más que se hable y asocie, siempre hay algo imposible de nombrar, pues una significación nos remitirá siempre a otra significación y a otra y otra, infinitamente, lo que convertiría en interminable todo tratamiento analítico. En ese punto opaco de toda significación, Lacan plantea la implicación del analizante en lo que no sabe de sí, ya no solo a través de la exploración de su fantasma fundamental, sino a través de lo que no tiene ningún sentido, la sorpresa y el encuentro con eso extraño, íntimo –éxtimo– que por más que se intente localizar, destrabar y domeñar, siempre retorna al mismo lugar.

Eso imposible de reducir al mínimo o hacer desaparecer, Lacan lo hace motor de la cura analítica. La vergüenza en cada uno, no en relación con las expectativas de alguien más, sino a lo más íntimo, éxtimo, funda la responsabilidad e implicación.

Lacan apostaba que sería posible tocar un punto íntimo de vergüenza del analizante; no de una vergüenza social frente al otro, sino una vergüenza íntima, sin la cual la vida quedaría desnuda, sin cualidad, descualificada. La familia es la primera intimidad de cada uno, su “extimidad”.[18]

Dicha modificación en la enseñanza de Jacques Lacan –el pasaje de la primacía del registro simbólico a la primacía de lo real– también se puede considerar no solo como un cambio en la forma en que el psicoanálisis ha tratado eso desconocido en el humano –su inconsciente–, sino como un cambio de época: de una patriarcal, vertical, que responde a una interpretación edípica, a una horizontal, en red, más participativa y pos-edípica[19] basada en una ética del deseo, sin nociones morales, ni teóricas que calmen y expliquen la culpa e implicación del sujeto ante su deseo, desde otro lugar, a la manera de la medicina, la psiquiatría y las psicologías. En vez, se trata de una manera inédita y singular para cada uno.

En línea con lo planteado, es preciso señalar dos de los rasgos culturales predominantes en nuestro contexto actual: el miedo y la indignación. Por un lado, el miedo se vuelve un valor social, no solo en la forma de control político y de mercado, sino una forma de vida, algo que organiza y decide cuestiones elementales.

En la actualidad, no hay estrategia de los mencionados campos que no toque o explote en algún punto el miedo, que tiende a la conservación, a la ruptura del lazo social, a ceder espacios públicos y a plantear, en última instancia, que la inhibición es preferible, lo que reduce la participación y amplificación deseante a su mínima expresión, para con ello permanecer más seguros. Y el segundo, la indignación, un afecto moralista que vuelve extraño lo propio, al colocar lo más íntimo su éxtimo, su unheimlich en el otro. Las personas se indignan siempre por algo o alguien más, nunca por sí mismos. De ahí la estrecha relación entre la indignación y lo políticamente correcto, dos formas moralistas que nublan, como se decía, el tratamiento de los asuntos humanos.

El stand-up comedy y el psicoanálisis lacaniano por no operar en el registro de lo políticamente correcto, ni en el del miedo, ni en el de la indignación como garantía moral, plagada de lugares comunes, recuperan de manera singular las temáticas humanas rechazadas a partir de esa vergüenza íntima (éxtimo) que toca a cada uno, realizando una invención singular a partir de una implicación. Decimos invención singular, pues, así como cada analista solo puede contarse uno a uno –ya que su formación y ser son enigmáticos, es decir, no tiene ni identidad, ni formación, ni trabajo estandarizado, como en las profesiones– quien ejerce el stand-up comedy sustenta su oficio de manera singular, a través de un estilo insustituible de emplear la palabra, al crear gestos con efectos diversos de resonancia, todo ello a consecuencia de algo sin nombre, inventando soluciones únicas y creativas.

 

Nuevas orejas para oír lo nuevo

 

“Todos nosotros somos GPS ambulantes,

corregimos rutas a cada segundo.”

Jorge Forbes

 

Dadas las características de nuestro mundo en sus diferentes contextos y situaciones, en transformación constante, cada vez más requerimos estar atentos, ser flexibles y creativos. Es decir, si antes bastaba con adaptarse a una sola posición (religiosa, científica, política, disciplinaria, económica, moral…) para seguir lo que ella dictaba, esperando que con ello estaban garantizados los resultados, hoy es necesario implicarnos aún más y reformular nuestras decisiones a cada instante. De no hacerlo, viviremos permanentemente sorprendidos, exclamando: “¿Qué no se suponía que…?” ante lo que no se comporte como suponíamos.

Para mostrarlo más claramente, partamos de un esquema básico: Toda experiencia humana posee tres dimensiones:

• Una dimensión en la que las imágenes organizan lo que vemos y cómo lo configuramos. (Esto siempre puede cambiar)

• Una dimensión de las palabras, en la cual las experiencias son traducidas e interpretadas a partir de conceptos, ideas y argumentaciones, que inciden sobre los símbolos. (Esto también siempre puede cambiar)

• Una que resiste y persiste, en la que hay algo imposible de imaginar y simbolizar, lo que llamamos en psicoanálisis, lo real. (Esto permanece)

Las primeras dos lecturas –las imágenes y las palabras– se basaron en nociones e ideas hasta cierto punto estables especio-temporalmente hablando, sobre lo que se suponía era el humano, la historia, la vida y la realidad compartida. Intentan ser patrones únicos –naturaleza, religión, iluminismo; dioses, religión monoteísta, ciencia; padre, jefe, soberano– con nociones fijas de normalidad/ anormalidad, bueno/malo, disciplina/indisciplina, etcétera. Sin embargo, eso imposible de imaginar y describir escapa a cualquier forma de nomenclatura.

Lo real, eso que siempre retorna al mismo punto, algo imposible de descartar o resolver. Que por más que hablemos de ello (vida, amor, sexo, muerte, educación, interacción social, sentido de vida, economía, etcétera) siempre algo se escapa, es enigmático; permanece más allá de lo que podamos imaginar y describir. Ello nos requiere respuestas singulares cada vez más creativas.

Lo real ha sido y es tratado de diversas formas en diferentes momentos de la historia. Entre ellas –no las mejores, ni las más creativas– son las respuestas desesperadas, sean disciplinarias o moralizantes, que, en estos tiempos, tienen además un toque de especialización, cientificismo y gluten free.

Las respuestas desesperadas disciplinarias son aquellas basadas en la idea de que para mejorar algo hay que controlarlo.[20] Esto se expresa, por ejemplo, en la visión empresarial y gubernamental, que sostiene que solo se puede desarrollar y mejorar aquello que se puede operacionalizar, vigilar y medir, controlar. En tal modelo, las contingencias son interpretadas como fallas o errores en la prospección o en la operación, no viendo nada más en ello.

En las escuelas los directivos, maestros y padres de familia están convencidos de que sólo a través de un mayor control y vigilancia se puede realmente educar. Bajo dicha perspectiva el otro –más bien lo real del otro– siempre es algo peligroso, de ahí las evaluaciones de conocimientos y comportamiento en base a una psicologización y psiquiatrización de lo que sucede en las escuelas;[21] en caso de no controlarlo disciplinariamente, se puede descontrolar y degenerar en pensamientos, conductas y afectos indeseables. Para tal lectura se utilizan argumentos religiosos, médicos e incluso psicológicos, a la manera de “si no se hace x, entonces sucederá y”; se emplea el miedo y la sospecha como fondo y estrategia de convencimiento: “Si haces tal o cual cosa, entonces estarás más seguro/a”. Y como el miedo se ha convertido en un valor y organizador social de un peso mayor, quien vive a partir del miedo, cree que va evitando verdaderos peligros en su vida. Por lo tanto, cuando le ofrecen alguna estrategia de protección, que supuestamente le garantizará la estabilidad y seguridad, rápidamente acepta sin mediar reflexión alguna sobre cómo opera y qué efectos generarán tales “bondades”.

Por su parte, las respuestas moralizantes parten de la noción de retomar valores conservadores, como clave única para mejorar la vida, en una nostalgia por un pasado que se piensa fue mejor. Esto se acepta sin hacer la más mínima adaptación a los nuevos momentos históricos, por lo que termina siendo una casuística llena de formulismos de qué hacer, pensar y decir, con su contraparte negativa, qué no hacer, qué no pensar, qué no decir, una pura restricción contenida en interminables códigos de conducta, con sus formularios a llenar cada que se da un reporte o una evaluación de puesto, con su apartado “¿A qué te comprometerás en el futuro?”. Se sirven de ideas de fin de los tiempos y degeneración del mundo. El canal de transmisión es la remembranza y comparación con la actualidad, emplean el miedo y, sobre todo, la culpa, como estrategias de convencimiento. Como rezan los dichos: ¡Nos merecemos lo que vivimos por cómo hemos vivido! ¡A esa mujer le hicieron eso (maltrato, asesinato) precisamente por lo que andaba haciendo! ¡Tenemos que retomar los valores de nuestros padres!

Estas dos formas de afrontar lo que sucede –las respuestas disciplinarias y moralizantes– aderezadas con discursos especializados, llevan la marca del despojo de la singularidad, una nuda vida, diría Agamben.[22] En la cual cada persona es colocada como un individuo con las mismas características del colectivo, como sucede con el resto de los animales; la finalidad es reducir y comparar los individuos, además de plantear, por ejemplo, una visión única de lo que sería tener felicidad, salud y calidad de vida, así como toda una serie de formulaciones y perfiles educativos, sociales, laborales, etcétera, que dan el marco de referencia para evaluar de forma cuantitativa y cualitativa a cada uno, para determinar qué tanto se acerca o se aleja de dicha normalidad.

Tales modelos se vuelven ineficaces para leer adecuadamente las transformaciones del contexto social actual, por lo que son necesarios no solo nuevos conceptos, sino prácticas renovadas, nuevas formas de lazo social basadas más en la responsabilidad y creatividad, en la implicación de cada uno, que, en el control exterior, moral, disciplinar o especializado.

El psicoanálisis –sobre todo el de orientación lacaniana– y el stand-up comedy inciden en dichos contextos, re-introduciendo la virulencia freudiana, apuntando a la singularidad de eso íntimo, éxtimo presente en cada uno:

Se preguntará si el tema del chiste merece semejante empeño. Opino que no cabe ponerlo en duda. Si dejo de lado los motivos personales, que el lector descubrirá en el curso de estos estudios y que me esforzaron a obtener una intelección sobre los problemas del chiste, puedo invocar el hecho de la íntima concatenación de todo acontecer anímico […] un chiste nuevo opera casi como un evento digno del más universal interés.[23]

Ni las respuestas disciplinarias, ni las moralizantes, ni la especialización o el cientificismo que eleva los postulados de la ciencia a verdades absolutas, lograrán dar cuenta a cabalidad todo lo que sucede en las experiencias a las que se aplica, pues estas tienen ya no responden a un solo patrón o modelo. Algo que el chiste y el psicoanálisis, además de custodiar lo imposible, trabaja tomando en cuenta esa imposibilidad (de la vida, de las palabras, de las imágenes) mostrando sus características, sus fallas, sus posibilidades, así como los malestares que se producen en caso de que se le quiera intentar “hacer desaparecer”.

Las respuestas disciplinarias y moralizantes, por tener siempre las mismas explicaciones prêt-à-porter no logran dar cuenta de lo que sucede, son, digamos, aplicaciones o software obsoletos para “leer” nuevos programas, para explicar y responder ante las transformaciones que vivimos día a día.

El análisis no consiste en encontrar, en un caso, el rasgo fundamental de la teoría, y en creer que se puede explicar con ello por qué su hija está muda, pues de lo que se trata es de hacerla hablar, y este efecto procede de un tipo de intervención que nada tiene que ver con la referencia al rasgo diferencial.[24]

Es decir, no es con relación a que la llamada realidad se ajuste finalmente a las palabras, pues las palabras no corresponden nunca directamente a las cosas, siempre hay algo que se escapa, que opera de otra forma, lo real.

Decíamos que algo que está tanto en el corazón mismo del psicoanálisis lacaniano, como del stand-up comedy es – además de ser quehaceres de lo incompleto– suspender certezas (disciplinarias, moralizantes y especializadas, inclusive con las que se han acorazado como “verdades psicoanalíticas”) evidenciando su montaje, para mejorar las preguntas, escuchar sin suponer y explorar los elementos implicados en la experiencia única. Se trata de un buen comienzo para implicarse-cada-uno con ese real sin nombre ni ley.[25]

El psicoanálisis lacaniano y el stand-up comedy son dos formas no angustiadas, sino responsables y creativas, de producir un savoir-faire con ese real que siempre se nos escapa y nos regresa siempre al contexto del mal-entendido, como medio “natural” de lo humano. Ambas prácticas, no se sustentan en una visión normalizadora y patologizada de las vidas humanas, en la que cada cosa que se hace, siente y piensa es interpretada como una falla o crisis del sistema o máquina, o una oportunidad de aprendizaje. Sino más bien, como formas de expresión y vinculación social, basadas en la singularidad (identificación al sinthome), sin transformar lo extraño de sí, lo éxtimo en algo malo o patológico, sino en el eje de la creación para sustentar una vida singular, legitimándola.

 

¿Podemos escuchar lo nuevo? ¿Oímos lo único y singular en cada persona? ¿O seguiremos respondiendo desesperadamente, disciplinaria y moralmente?

 

 

El analizante toma el micrófono: del síntoma al sinthome

 

"La risa no tiene mayor enemigo que la emoción”

Herny Bergson[26]

 

Partiendo de lo planteamiento por Serge André “la escritura comienza donde el psicoanálisis termina”[27] podemos decir que el stand-up comedy comenzaría justamente donde el psicoanálisis lacaniano termina: del pasaje del fantasma fundamental (el síntoma) al sinthome. Es decir, la identificación con el propio síntoma como forma singular de gozar, empleándolo precisamente para crear una posición singular, un saber-hacer con ese imposible, lo real, que se insiste y resiste bajo diferentes formas y en diferentes facetas. Mostrando siempre su costado imposible de descartar, un malentendido, un fracaso: un trazo propio semejante a cada artista a partir de aquello que otrora fuera descartado, inclusive juzgado como defectuoso, lo éxtimo. La piedra previamente descartada devino piedra angular; el fracaso es un juego para jugar; el amor es un fracaso para jugar.

Los dos quehaceres –el psicoanálisis lacaniano y el stand-up comedy– apuntan a una invención y responsabilidad ante la forma singular de gozar, de eso que se ha creado y puesto a circular en el mundo.

El stand-up comedy y el psicoanálisis lacaniano tocan un punto de vergüenza en cada persona, no en el sentido moral o de pretensión de completitud, sino de implicación y cualidad. Por ello, su materia es igualmente imposible: ¿qué se estudia para funcionar en ambas posiciones? ¿La analítica y el stand-up comedy? Claro, el lector podrá mencionar un montón de cursos, prácticas y nociones, teatro, declamación y oratoria, en el caso de la comedia, y que no decir de la tríada formativa freudiana, en el campo del psicoanálisis: análisis personal, lectura y seminarios, así como práctica clínica supervisada. Y claro, se mantiene como punto de partida, más no como garantía, ni validación de eso singular de la posición que es un efecto en cada analista, uno a uno.

El psicoanalista es aquel “sin nombre” en la placa. Como los hijos, el amor, el orgasmo, una puesta de sol, es algo vacío. Funciona en otro registro y, consecuentemente, es formado de otra manera. El analista no es de este mundo, tal como la mujer. La mujer y el analista están fuera de la civilización, en la media en la que la intención de sus conceptos es vacía. No se puede decir “los analistas”, así como no se dice “las mujeres”. Un analista existe en el “uno a uno”. […] No hay una cualidad universal que identifique uno u otro, por ello decimos que sólo es posible considerar a la mujer una a una y al analista uno a uno.[28]

Lo Real, que siempre escapa a cualquier forma e intento de operacionalización, es justamente lo que está en juego en cada análisis y exposición de stand-up comedy. Se trata de la vergüenza en relación con lo más íntimo de cada uno, comenzando por quienes ocupan esa posición/función.

Los dos trabajan con un medio decir de la verdad, son quehaceres de lo incompleto. Por lo tanto, operan más allá de un sistema fijo de interpretación. Es decir, operan más allá de una forma estandarizada de interpretación, no usan sólo signos, sino significantes, o más bien monstran los límites de los primeros; en un poetizar permanente, haciendo gesto, tocando el cuerpo; produciendo un uso inédito de la palabra, por lo tanto, estableciendo una nueva relación con ella.

 

A manera de conclusión inconclusa

 

"Quisiera, no obstante, decirles de paso que no se me ha escapado algo de inmensas dimensiones cómicas en este rodeo."

Jacques Lacan[29]

 

Tanto en el psicoanálisis de orientación lacaniana como en stand-up comedy, consideramos que se trata de una responsabilidad por lo que no tiene sentido, por la ausencia de respuestas absolutas y hegemónicas en la raíz del síntoma. Al ser quehaceres que suspenden la ilusión de certeza y verdades absolutas, logran desarticular y evidenciar las formas en las que opera la ilusión de la nostalgia y la esperanza (histeria) como la muerte en vida de la planeación sin descanso (obsesiva), como medio para lograr algo, al mostrar cómo los humanos padecemos engaños y trampas, impasses, así como las posibilidades ilimitadas de salir de ellas.

Su quehacer puede, bajo ciertas operaciones, cuando el analizante toma el micrófono responsabilizándose de sí, recuperar el presente, amplificándolo, haciendo que se eleve el objeto a la dignidad de la cosa.[30] 

 

Monterrey, Nuevo León, México, enero 2019

 



[1] Ensayo publicado originalmente en el texto Morales-Montiel (editor) El inconsciente estructurado como un lenguaje. Buenos Aires: Arrebol, 2019, págs.51-71.

* El autor es psicoanalista, psicólogo clínico; Catedrático Facultad de Psicología (UANL). Profesor del Doctorado en Artes y Humanidades en el Centro de Investigación en Ciencias y Humanidades de Monterrey (CICAHM) en Monterrey, N.L. México. Consultor a escuelas, universidades y empresas. www.camiloramirez.com.mx

[2] Forbes, Jorge. Inconsciente e responsabilidade: psicanálise do século XXI. Manole, Baureri, 2012, p. 137.

[3] “El término “monstración” es utilizado por Lacan para, oponiéndose a la demostración, hablar de la imposibilidad de dar cuenta por el lenguaje de la transmisión integral de la experiencia analítica. Lacan descarta luego la posibilidad del metalenguaje: la lengua no puede decir nada de sí misma. El sentido de una palabra en el diccionario remite siempre a otra palabra, en una circulación infinita del significante remitiendo a otro significante” (Mouzat, Alain. “A clínica do analista iniciante: como sobreviver a uma práctica sem standards?”. En Forbes, Jorge (ed.) y Riolfi, Claudia (org.), Psicanálise: a Clínica do Real. Manole, Baureri, 2014, p. 480. La traducción es nuestra.).

[4] Zizek, Slavoj. “¿Por qué ser feliz cuando puedes estar interesado?” 2012. https://www.youtube.com/watch?v=Hr_E5tVF0c4.

[5] Freud, Sigmund. “Cinco conferencias de introducción al psicoanálisis.” En Obras completas, vol. XI, Amorrortu, Buenos Aires, 1999, pp. 1-45 y 52.

[6] Ver Gay, Peter. Freud: una vida de nuestro tiempo. Paidós, Buenos Aires, 1989, pp. 242-250

[7] Lacan, Jacques. “La cosa freudiana o el sentido del retorno a Freud en psicoanálisis”. En Escritos 1, Siglo XXI editores, México, 1984, p. 386.

[8] Lacan, Jacques. “La ciencia y la verdad”. En Escritos 2, Siglo XXI Editores, México, 1984 p. 837

[9] Forbes, Jorge. “A analise lacaniana hoje: ingredientes, indicações e modos de usar”. En Forbes, Jorge (ed.) y Riolfi, Claudia (org.), op. cit., pp. 3-20.

[10] Freud, Sigmund. “Estudios sobre la histeria”. En Obras completas, vol. II, Amorrortu, Buenos Aires, 1999, p. 222

[11] Freud, Sigmund. “Sobre la iniciación del tratamiento. Nuevos consejos sobre la técnica I”, En Obras completas, vol. II, Amorrortu, Buenos Aires, 1999, p. 146 y siguientes.

[13] Ver Lacan, Jacques. “La dirección de la cura y los principios de su poder”. En Escritos 2, Siglo XXI, México, 1984, pp. 565-626.

[14] Lacan, Jacques. El seminario, libro 11: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, original de 1964. Paidós, Buenos Aires, 2001, p. 28.

[15] Lacan, Jacques. El seminario, libro 17: El reverso del psicoanálisis, original de 1969-1970. Paidós, Buenos Aires, 2004, p. 30

[16] Freud, Sigmund. “La interpretación de los sueños”. En Obras completas, vol. V, Amorrortu, Buenos Aires, 1999, p. 345.

[17] Forbes, Psicanálise…, op. cit., p. 10

[18] Forbes, Inconsciente…, op. cit., p. 122. La traducción es nuestra.

[19] Ver Forbes, Inconsciente…, op. cit.

[20] Tal era, por ejemplo, la visión educativa del médico y pedagogo Daniel Gottlieb Moritz Schreber, padre de Daniel Paul Schreber (Memoria de un enfermo de nervios). Ver Schatzman, Morton. El asesinato del alma: la persecución del niño en la familia autoritaria. Siglo XXI, México, 1994.

[21] Ramírez, Camilo. “La psicologización y psiquiatrización del ámbito escolar”. En Osorio, Fernando, Ejercer la autoridad: un problema de padres y maestros, Noveduc, Buenos Aires, 2009, pp. 27-70.

[22] Agamben, Giorgio. El poder soberano y la nuda vida. Pretextos, España, 1999.

[23] Freud, Sigmund. “El chiste y su relación con lo inconsciente”. En Obras completas, vol. VIII, Amorrortu, Buenos Aires, 1999, p. 17.

[24] Lacan, Seminario 11, op. cit., p. 19.

[25] Ver Miller, Jacques-Alain. “Lo real en el siglo XXI, presentación del tema del IX Congreso de la AMP”. En Gacetila Extracto Lacaniana, nº 13, 26 de abril de 2012

[26] Bergson, Henry. La risa: ensayo sobre la significación de lo cómico. Alianza, España, 2008.

[27] André, Serge. Flac. Siglo XXI, México, 1993-1994.

[28] Genesini, Teresa. “Da vontade de ler o nome na placa ao desejo do analista: quais são as características da formação”. En Forbes y Riolfi, op.cit., pp. 487-510.

[29] Lacan, Seminario 11, op. cit., p. 28.

[30] Lacan, Jacques. El seminario, libro 7: La ética del psicoanálisis. Paidós, Buenos Aires, 1988, p. 138.


 

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Cáncer y Psicoanálisis

 

Camilo E. Ramírez

 

Partamos de una pregunta básica: ¿Qué puede aportarle el psicoanálisis a quienes padecen algún tipo de cáncer? – me hicieron esta pregunta hace algunos años. Presentamos aquí una síntesis de la respuesta, como de la investigación que venimos realizando en ese campo.

El psicoanálisis, método creado por Sigmund Freud, atiende/trata el sufrimiento humano de una manera singular: tiene la característica de situar la singularidad de cada persona en el centro de su actividad terapéutica; durante un psicoanálisis no solo se trata de lo que una persona sufre, lo que le duele, aquellas experiencias y malestares que le generan dolor y sufrimiento, sino de verificar las maneras a través de las cuales cada persona tiene (e inventa) para relacionarse con su vida, en general y, con su dolor, en particular. Planteándose un más allá, ¿Qué función cumple dichos malestares en su vida? ¿Qué puedo inventar a partir de la experiencia intransferible que es mi vida? ¿Qué voy a crear a partir de mi malestar, de mi enfermedad?

En el caso del cáncer -de los cánceres- poder situar la experiencia singular del diagnóstico, del tratamiento y sus efectos. Poder conocer cuáles son los efectos, las consecuencias y las formas de respuesta de una persona ante esta nueva experiencia en su vida, como lo es la enfermedad. Entendiéndose esta no como algo ya dado, fijo, un destino a ser vivido en piloto automático, sino como una discontinuidad, algo sorpresivo e incompleto, que si bien tiene una presentación específica en el organismo, que permite el diagnóstico, tratamiento y un cierto pronóstico, nunca dictará el cómo una persona va a sentirse, pensar y hacer en su día a día a partir de la enfermedad padecida. Es decir, no existe una relación directa entre la enfermedad padecida y las formas subjetivas y sociales de presentación, respuesta y decisión. Una persona puede reaccionar de múltiples maneras, e incluso, inventar sus propias formas de decidir vivir. “Fuera de las emociones prêt-à-porter cada uno inventa su propia singularidad” (Jorge Forbes)

Una de las recomendaciones básicas de Freud para el ejercicio del psicoanálisis a auienes se iniciaban como psicoanalistas, consistía en evitar el furor curandis, así como el reconocer a la persona en sus síntomas, pues se correría el riesgo de darles consistencia, “etiquetar” a la persona, darle a entender que “eso” que padece es lo que es. Evitar el furor curandis plantea que no se puede imponer un “deber ser/hacer/un bien” al otro, pues para hacerlo uno tendría que saber previamente el bien para cada persona, ¡para todo mundo! Y de lo que se trata en la experiencia psicoanalítica, como en las mejores cosas de la vida, es de la reivindicación de la singularidad, es decir de la diferencia absoluta que cada uno porta, y a partir de la cual se vive.

En el caso del cáncer, hacer notar que cada persona tiene la opción de decidir cómo reaccionar ante ello; quitarle a lo estandarizado -socialmente hablando- el cómo voy a pensar, sentir, reaccionar y vivir, salir del patrón fijo para inventar respuestas creativas ante lo que se sufre. Ya que, al darle consistencia al dolor y sufrimiento, aumentando la queja, se corre el riesgo incluso -paradójicamente- de amplificar el dolor, las respuestas físicas ante la enfermedad, los efectos adversos de los tratamientos farmacológicos.

Devolverle la palabra, la voz, la oportunidad de no aceptar que la enfermedad marca un sentido fijo, un destino mortal del cual se cree no se puede escapar, transformar, amplificar de acuerdo con el propio deseo de vida. Para ello, cada persona es invitada a participar activamente no solo en el tratamiento psicoanalítico, sino en su vida, en su enfermedad, adquiriendo autonomía, como para poder “decirle” al cáncer que no es el cáncer quien va a definir quién se es, pues es solo una característica dentro de muchas, algo que se padece, más no marca una identidad o un destino, sino una condición que cada uno puede, en la medida de las posibilidades que tome en cuente invente, dar una salida inédita, marcada por su sentido y deseo singular de vida. 

 


 

 

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Autoestima

 

 

Camilo E. Ramírez

 

“Dentro de nosotros hay algo que no tiene nombre,

esa cosa es lo que somos”

José Saramago

 

Recientemente me pidieron hablar sobre “Autoestima”, específicamente me preguntaron: ¿Qué es la autoestima? ¿Existe realmente? ¿Cómo lidiar con esa exigencia del mundo actual?

Debo decir de entrada que es una cuestión que siempre me ha parecido absurda, inexistente, además de tramposamente empleada como “cajón de sastre”, tanto por maestros, médicos, psicólogos, padres de familia y personas en general, para explicar tal o cual cosa que les sucede a ellos mismos o a una persona a la que se dirigen o atienden: ante lo que no se entiende, ni se puede explicar, se dice entonces que una persona tiene alta o baja autoestima, como causa de lo que en otro tiempo se decía sobre lo psicosomático o actualmente “Ha de ser estrés”

Resulta que curiosamente la noción de autoestima es una invención que históricamente se relaciona íntimamente con la noción de valor económico y la bolsa de valores, el peso, el dólar, subiendo y bajando, etc. Así, la autoestima haría los mismos movimientos, arriba-abajo, dependiendo de si la persona se valora o no. Lo curioso es que el punto medio, el equilibrio, es inexistente. Así como nadie sabe cuál es la normalidad humana, nadie sabe cuál es una adecuada autoestima, solo se puede tener alta o baja, es decir, una visión anómala sobre la valoración que una persona haría de sí misma, o siendo alta o baja, o se pada de autoestima o le falta; cosa sumamente sospechosa.

Si se busca una definición se encontrará que autoestima es una valoración que cada quien hace de sí mismo. Hasta ahí pareciera un asunto meramente emocional superficial, pero posee un elemento de valoración más complejo, por el más o menos, en relación a poseer tal o cual cosa material o de habilidades, de ahí que alguien vía la cultura se valore de una manera alta-positiva o baja-negativa, constituyendo una carrera interminable, donde alguien en un momento puede tener una autoestima alta y luego baja, dependiendo de la moda o tendencia, para lo cual se crea después las  nociones igualmente absurdas de una autoestima estable y permanente. 

Con la autoestima sucede lo mismo que con la cultura de masas y de consumo. Se establece previamente qué se va a considerar como valioso en una persona (rasgos físicos, nociones estéticas de belleza, estatus económicos, posesión de objetos, cualidades, habilidades, etc.) para luego ofrecerlo como espejo y radiografía de éxito-alta autoestima para ser adaptado por las personas, como canon de vida. Por ello la cosa más básica a hacer cuando alguien se sienta mal o bien con su autoestima, es cuestionar las lógicas de base que hicieron que se valorara mal o bien, mostrarle –sobre todo a los niños y jóvenes, pero también muchos adultos- las lógicas fijas de tal o cual esquema de valores que están empleando para mirarse y juzgarse, impidiéndoles por su parte, encontrar su sentido singular de vida, su interés.  ¿Cómo salir de las lógicas del alta o baja autoestima?

Proponemos, como Giorgio Agamben, una vida cualificada en lugar de calidad de vida. Al  decir vida cualificada, cada persona a partir de tener una vida decide darle de manera responsable la cualidad que su singularidad le plantee. En ese sentido, no hablaríamos de “la autoestima”, sino de “las autoestimas”; ya que al ser inexistente un patrón universal de vida humana (ser/tener/hablar/comportarse…desde un deber ser) quedarían las autoestimas como algo radicalmente singular y no sujetas a un patrón social de valoración, siendo entonces los humanos, por principio inclasificables. Teniendo que hacer cada persona la siguiente elección: o desea valorarse por el común, como la sociedad de consumo lo marca, adoptar lo que se entiende como alta y baja autoestima para ese espejo de éxito/fracaso o elige un camino singular, organizado por sus intereses y objetivos personales, con la apuesta de su deseo e invención creativa, asumiendo permanentemente el riesgo que ello implica, fuera de los aplausos o abucheos de la alta y baja autoestima, respectivamente. 

 


 

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¿Qué buscas? ¿Qué deseas? ¿Qué decides?

 

Camilo E. Ramírez 
 
 
¿Has actuado en conformidad al deseo que te habita?
Jacques Lacan
 
 
¿Hago lo que deseo o lo que debo? ¿Lo que me dicen otros o lo que quiero? ...¿Coincide lo que alguien quiere para mí con lo que yo quiero? ¿Y qué es lo que YO realmente quiero?... ¿Continúo atrapado/a /escondiéndome en lo que alguien más quiere de mí o inicio ese recorrido por el camino de mis deseos y decisiones?
 
Emprender un psicoanálisis es una opción y una decisión, nunca una obligación, ni mucho menos una imposición, pues el propio psicoanálisis es una apuesta a generar esa experiencia de mantener vivo el deseo, la sorpresa y la invención de manera singular.
 

 

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Sufrimos para no sufrir

Camilo E. Ramírez

 

De nuestra posición de sujetos siempre somos responsables

Jacques Lacan

 

Você sofre para não sofrer.* Es el título de un texto de Jorge Forbes, psicoanalista y médico psiquiatra brasileño, el cual lleva como subtítulo: Desautorizando o sofrimento Prêt-à-porter /Desautorizando el sufrimiento “listo para llevar”. ¿A qué hace referencia dicho texto?

El planteamiento central del texto es que los humanos ante una situación que nos rebasa e impacta, esas experiencias que no dudaríamos en catalogar como crisis en nuestra vida, nos generan un malestar muy fuerte –un encuentro con lo Real, diríamos en términos de psicoanálisis lacaniano- así como un intento de dar sentido y quizás posteriormente una solución, tenemos la tendencia de ir a un “supermercado de emociones humanas”, de ahí lo Prêt-à-porter (listo para llevar) con “cosas” (emociones, expresiones, conductas…) listas para “vestir”, para dar forma al cómo sería reaccionar ante tal o cual situación. Un verdadero fast-food de emociones, acciones y reacciones, que logran instalarse a través de un "virus social" RC (Resignación y Compasión) Resignación de parte de quien padece tal o cual situación ("Ni modo, así me tocó vivir) y reconocimiento-atenciones de los demás, en basea la Compasión que fija una "identidad" determinada del ser sufriente. 

Pensemos entonces que una persona que recibe una noticia que hace un “parte aguas” en su vida (un diagnóstico de una enfermedad terrible, un aumento de puesto y sueldo en su trabajo, el nacimiento de un nuevo ser, la muerte de un ser querido, etc.) y en lugar de responder de manera singular y creativa, “toma” algo de lo ya existente como normalidad en la cultura, como modo de hacer frente, de darle forma e su nueva experiencia, incluyendo al sufrimiento en base a ciertas quejas comunes. En ese sentido “Se sufre para no sufrir” es decir, se sufre de una manera fija en base a una norma de convivencia social (“Todos los enfermos de cáncer/diabetes son personas que; mi pareja siempre, todos los hombres, todas las mujeres…”) para no sufrir el verdadero encuentro con el vacío, tanto de nuestra existencia como de nuestra esencia como humanos, que siempre implica y compromete a responder de manera singular, inventando formas creativas ante las experiencias por las que se atraviesa.

Los escritores de “opinión” moldean la opinión de manera que los demás, puedan ir “en piloto automático” viviendo sin temor y pereza de tener que implicarse en su existencia, sin tener que pronunciarse al respecto. Desde esa perspectiva todo periódico es una especie de menú de restaurante, donde cada quien va pidiendo lo que desea para “comer”.

El psicoanálisis lacaniano, sobre todo aquel basado en la segunda clínica de Jacques Lacan -clínica de lo Real- privilegia las respuestas singulares y creativas, no estandarizadas ni normalizadas, ante la vida y sus impases; permitiendo que eso que se experimenta -que puede ser terriblemente malo o terriblemente bueno, doloroso o placentero- no se convierta en sufrimiento, sino en pivote de invenciones singulares. Que cada sujeto pueda, soltar las formas comunes de reaccionar ante la vida, para, responsablemente, crear las propias, basadas en sus aspiraciones y deseos. 

 

Imágen: In Infinity, Yayoi Kusama

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*Forbes, Jorge. Você Sofre para Não Sofrer? Desautorizando o Sofrimento Prét-à-porter. Baureri SP:Manole, 2017

 


 

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Experiencia psicoanalítica

Camilo E. Ramírez

 

Antes de que yo pueda decirle algo, es preciso que haya averiguado mucho sobre usted;

cuénteme, por favor, lo que sepa de usted mismo…

Diga, pues, todo cuanto se le pase por la  mente.

Sigmund Freud [1]

 

Para el psicoanálisis la verdad no es un dato, no es un número, no es una cifra, ni un concepto. No es algo que sea igual para todos.

En la experiencia psicoanalítica la verdad es siempre, y ante todo, una historia. Una historia de lo que “no anda bien”, una historia de lo que sufre, de lo que duele, de lo imposible de poner en palabras; de eso que habla, que insiste.  “Dentro de nosotros hay algo que no tiene nombre y eso es lo que somos” (Saramago) Una verdad que es sobre todo verdad-confrontación-implicación con un vacío -ni todo puede ser sabido ni dicho- pues requiere ser inventado, creado, amplificado a partir de lo que no se sabe de sí-mismo y se desea. 

Mientras que la ciencia (medicina, psiquiatría y psicología) se aboca a definir, operacionalizar, medir y cuantificar las vidas humanas, reducirlas a fenómenos (datos, procesos de funcionamiento) que se aíslan en metodologías para buscar ubicar constantes y variables, explicaciones que asocien, deduzcan o expliquen de manera general procesos, por su parte, la experiencia psicoanalítica se ocupa de eso que no alcanza a ser generalizable, universal, es decir, aquello que no puede ser contenido en un símbolo, cifra o concepto, se ocupa de la verdad singular, que no podrá ser nunca un dato. “El sujeto del que se ocupa el psicoanálisis es el sujeto rechazado de la ciencia” (Jacques Lacan) que no es un signo ni “señal de alarma” de un mal funcionamiento, sino verdad-creación, amplificación.

Cuando alguien comienza a hablar de todo lo que se le ocurre por más sin sentido, ilógico o vergonzoso, además de ponerse en jaque la idea de verdad única que proviene del pensamiento, se pueden ir bordeando los límites de las nociones que se cree estructuran y organizan lo que cada quien puede pensar y creer que es y no es, pudiendo ver algo de los efectos, espejismos, trampas….degustar la palabra, pasar de la palabra que se cree comunica algo en sí (la ilusión del dato puro) a la palabra creadora, que amplifica, que cuenta y crea. 



[1] Freud, S Sobre la iniciación del tratamiento, 1913. Nuevos consejos sobre la técnica I, AE, Tomo XII, pp146 y sigs.

 


 

 

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La creatividad como potencia del deseo:

¿Por qué alguien tendría nostalgia de la prisión?

 

Camilo E. Ramírez

 

La idealización, moralidad y obligatoriedad, no sólo son obstáculos del deseo, siempre  singular y creativo, sino también una especie de “protección” contra el riesgo de la apuesta de una decisión tomada.

La historia neurótica que nos gusta contar para nosotros ("si tan solo yo fuera/tuviera....", etc.) a manera de justificación/protección contra eso del propio deseo que asusta. “Iba a ser…pero me chingué la rodilla”.

El deseo es siempre original, singular, algo que toca de manera precisa a cada uno, ello no puede desplegarse en serie, sino en un gesto nuevo que se paute en la vida singular de cada quien.

¿Por qué alguien tendría nostalgia de la prisión? Planteamos la cuestión, precisamente porque la libertad siempre porta un peso, el riesgo del equivoco, de la apuesta, de la responsabilidad ante lo creado, mientras que a la obligatoriedad, lo ideal y la moralidad, se las hace funcionar como “moldes” para ser realizados en cada uno, al estilo de recetas, “hágale así, hágale asá”, con su supuesto brillo y relación de verdad, de garantías; primero definimos el deber ser, luego sometemos a todos. Como la noción de calidad de vida, una para todos, en vez de -como plantea Agamben- una vida cualificada. La obligatoriedad encuentra eco en el sujeto, precisamente porque otorgaría una sensación de protección/guía/pasos a seguir para entonces lograr....

Responder por el propio deseo que nos habita a cada uno, sin esperar garantías absolutas en algo o alguien, permite realizar un cambio de posición de vida: de esperar (¿Ahora quien podrá ayudarnos? –como exclamaba el Chapulín colorado) a responder por lo que se desea hacer.

Hacer un psicoanálisis permite salir de la escena "prisión"/"protección" que repite una y otra vez el mismo drama, la misma puesta en escena, para actuar al estilo de la improvisación que crea al momento la respuesta ante la sorpresa de lo que se va viviendo. "Un análisis permite que las personas estén listas para todas las circunstancias." (Forbes, 2014)  

 


 Riolfi, C., Forbes, J. Psicanálisis: a clinica do real. Baureri, SP: Manole, 2014.



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Psicoterapias y Psicoanálisis

 

Camilo E. Ramírez

 

Cuénteme, por favor, lo que sepa de usted mismo 

Freud 

 

Para la psicología (psicoterapias) y la psiquiatría, cualesquier síntoma humano, conflicto y/o malestar es ya un signo de un mal funcionamiento, un trastorno (psíquico, físico, familiar, social...) algo que hay que evitar; dicha concepción es debido a dos cosas: la concepción antropológica con la que operan, así como el modelo médico aplicado a una cosa totalmente diferente al soma (cuerpo de la biología) como lo es “la psique”. Pues mientras que en el ámbito de la medicina, el organismo es algo que se puede medir para establecer rangos de funcionamiento normal y anormal, diferenciar lo sano de lo enfermo, y poder así capturar la noción de salud en espectros, al aplicar ese modelo médico al campo de lo psíquico, la psicología y la psiquiatría se ven confrontadas con dos cuestiones básicas, que son eje fundamental de sus teorías y estrategias terapéuticas: 1) tener que definir ¿Qué es la psique? ¿Qué es lo psicológico? Como también, 2) tener que definir/crear la noción de enfermedad o trastorno mental, auxiliados de la moral de la época y locación, así como de la estadística.

Por más inverosímil que parezca, tanto las psicologías como la psiquiatría operan gracias a la invención de una normalidad /anormalidad que se va a ir a fijar/identificar como equivalente de la noción de salud y enfermedad en medicina, intentándole dar un trato similar, gracias a lo cual es imposible no tener que desarrollar/emplear un modelo ideológico moral de cómo debe ser o no una persona, que debe y no debe hacer. Noción que desde un principio entra en operación en la formación psicológica, psicoterapéutica y psiquiátrica, y tiene su empleo en la forma de considerar y entrar en trata-miento con el otro, el llamado paciente, desde el diagnóstico y el proceso de tratamiento. Entendido el primero como clasificación y el segundo como reeducación (modificación) en base a un modelo previamente establecido como normal/sano.

Por su parte el psicoanálisis (Freud-Lacan) ni el humano ni lo que le sucede son trastornos , desviaciones o errores de funcionamiento  de un “buen ser”; no plantea/impone una visión de lo uno, no es conductista ni moralista, no tiene un protocolo ni modelos normalizadores ni uniformadores a seguir, sino se basa en principios éticos respecto a dos cuestiones básicas: la singularidad que porta cada uno/a y el significado subjetivo (de su vida, de su sufrimiento, de lo que se piensa y hace). Realizar una experiencia psicoanalítica le permite a alguien más allá de apegarse aun modelo “único de vida y normalidad” conocer la propia verdad de su vida, que le habita y que se pone en funcionamiento en lo que hace, desea, piensa, etc. Implicando siempre a la persona en su vida (deseo, sufrimiento, conflictos, etc.) permitiéndole tomar parte en “eso” que le indica su existencia. Cada cosa que le sucede le muestra algo, los llamados síntomas poseen una verdad, son vía para poder acceder a la verdad del deseo que nos habita.

“La función del analista consiste en llevar al sujeto a ese punto, aunque de un modo paradójico: la posición analítica funciona por medio de un no-funcionamiento del analista como sujeto, lo que lo reduce a la posición de objeto (…) En lugar de presentar su problema a algún otro para que lo resuelva, el paciente enfrenta una permutación en virtud de la cual se ve a sí mismo como centro de la dificultad. De ese modo le resulta posible llegar a la verdad de su síntoma, explorando su  fantasma fundamental” (Verhaeghe, 1997)

En la experiencia analítica, la persona pasa de ser paciente, alguien que pasivamente padece algo y presenta su malestar a alguien más para que lo clasifique y trate-modifique, que lo escuche con oídos-disciplinadores, como en la psicoterapia y en la psiquiatría, a un analizante, alguien que busca apropiarse de su historia a partir de narrar su vida, de aquello que le rebasa por ser incomprensible, pero se compromete en conocer y advertir su participación en aquello que hace, desea, sufre, a fin de decidir-construir algo nuevo: al tomar conocimiento de la verdad de su vida singular (no una verdad que es impuesta desde una clasificación de enfermedades mentales o teorías) puede saber por qué es como es, por qué sufre de lo que sufre, como es que justamente a ella/él, le sucede eso y no otra cosa, entendiendo el significado a través de la función que cumple en su existencia. 

 

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¿Qué es (para sí) ser feliz?

 

 

Camilo E. Ramírez

 

El asunto del psicoanálisis es el asunto de la felicidad...solo que es preciso que primero cada quien la denomine, no se puede prescribir o imponer la felicidad desde una moralidad o totalidad, estilo calidad de vida (primero se define qué es calidad y luego se impone a una colectividad. Ante eso, mejor como plantea Agamben, una vida cualificada, primero se tiene una vida, luego cada quien le da la cualidad que guste) es una construcción al estilo "El humor/el gusto se rompe en géneros", con dos elementos: singularidad y responsabilidad (ante lo creado). Al paso que se encuentra la forma de describirla, descubrir/definir el cómo se entiende eso, para después, inventar (y responder) los medios para alcanzarla, colocándole en el mundo, en el lazo social...

 

La dificultades podrían venir de diferentes flancos y momentos: desde no saber o no querer saber sobre qué es la felicidad para sí mismo/a, es decir, no poder/querer nombrarla, reconocerla; no encontrar o saber a qué se refiere específicamente, pautándola de acuerdo al propio deseo -gracias al humor, la sorpresa y el equivoco-  y no a las expectativas de los demás, o de ese gran Otro (padres, cultura, Dios, mercado, etc. etc.) o sea por "problemas" de huir a cada instante de eso que sería la felicidad singular, sin garantías en algo más (teoría, mercado, ciencia, etc.) por miedo al riesgo (o al que dirán) por pereza, por querer una vida programada o en piloto automático, sin sorpresas, ni equívocos, fascinada con la queja, como explicación (ex-culparse) de por qué no se puede realizar aquello que supuestamente se desea. 

 

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Consultas, Consultorio/OnLine

Dr. Camilo E. Ramírez, psicoanalista
Skype camilor.ramirez
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