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Reinventar la formación médica

 

 

Camilo E. Ramírez

 

 

La formación médica debe ser reinventada, si es que desea, por un lado, estar a la altura de las transformaciones del siglo XXI, y por el otro, resolver estructuralmente los malestares y síntomas que ella misma produce en sus estudiantes, egresados y médicos ya instalados en el ejercicio de la profesión. ¿Es necesario que un especialista en medicina se “quiebre”, física y mentalmente, para realizar su labor?

Una mirada atenta al conjunto de síntomas, tanto físicos como psicológicos, del gremio médico, nos revela los malestares específicos que se producen como efecto de su formación y contexto laboral, entre ellos: alto consumo de sustancias legales e ilegales, sen estimulantes o depresoras, violencia familiar y laboral, acoso sexual, incremento de suicidios en estudiantes y profesionales, deserción escolar, estrés, burnout, etc. El reto es titánico: implica desistir de una lógica moralista y disciplinar (cuasi militar, cuasi cacicazgo, cuasi crimen organizado) que tiene poco más de tres siglos en la formación médica, y crear una visión de vanguardia, organizada por una lógica que siempre será más productiva, entorno al entusiasmo, creatividad y responsabilidad. Ahí donde suele promoverse el miedo, la disciplina ciega, el sometimiento a la autoridad jerárquica y a la línea de mando, la competencia desleal entre colegas, entre muchas otras más.  

Cuando una persona ingresa a la facultad de medicina en México, es movida por una ilusión, entre las más frecuentes: entender y curar las enfermedades, una pasión por el cuerpo humano y sus misterios, así como una identificación con el halo de importancia y poder (científico, ideológico, económico y de atracción sexual) entorno a la figura del médico. Las primeras clases y laboratorios, los anhelos y desvelos, los libros pesados cargados de información; interminables horas leyendo a la luz de una lampara, cuando no de una vela, para aprender y repasar una y otra vez; el primer encuentro con el aparato de la formación. Muchos entran, pocos se mantienen y algunos terminan. La carrera es ardua y requiere un deseo decidido en cada momento.

La formación médica ha tenido características (no escritas, pero operativas que igualmente generan efectos, incluso mayores, tanto en las personas como en las instituciones) similares a dos grandes instituciones culturales, quizás tres (Iglesia, Ejercito y Estado, este ultimo desde una visión de caciques y lideres sindicales) camuflado en Escuelas que albergan el saber en medicina. Ello produce efectos subjetivantes en quienes participan en ella: los estudiantes a la par que van aprendiendo anatomía, fisiología, farmacología… se van identificando (encarnando) en una posición específica de acuerdo al rol del médico que les hace sentido y les atrae: el médico-humanista-sonrisas, el médico-empresario-centavero, el médico-sádico-inteligente, estilo doctor House, el médico-político-grillero, entre muchos otros que, cada cierto tiempo, van apareciendo en los escaparates, ofreciéndose como modelos a seguir por quienes van comenzando su formación. Cada uno de estos modelos posee una lógica, contexto, forma de entender y ejercer la medicina, y por supuesto, posibilidades de desarrollo, como situaciones específicas generadoras de malestares y síntomas, producto de cada “cosmovisión” del médico, su identidad y función. Es decir, cada uno responderá a la pregunta: ¿qué es ser médico? ¿cómo es el ejercicio de la profesión?

Por ello es de vital importancia reinventar la formación médica con base en la triada entusiasmo-creatividad-responsabilidad, desde una óptica en red y horizontal, posibilitando una participación más activa, tanto de estudiantes como de médicos, en lugar de irresponsabilidad, miedo y estrés, entre otros malestares que se producen al interior del gremio, debido a que la formación en medicina posee una organización y administración jerárquica del poder, tanto en las facultades como en los hospitales y colegios de medicina. Ello sería una ruptura y creación, ruptura de los modelos cliché para pensar la identidad del médico, su formación y profesión; creación de un nuevo horizonte formativo y profesional, pautado más por lógicas creativas y singulares de cada persona, de cada profesional de la salud. Justo lo que cada sujeto requiere para ser feliz en su vida y en su desarrollo profesional, y que, en muchos casos, el estudiante y médico, no solo no encuentra lugar para su expresión en el contexto donde se desempeña, sino es reducido, socavado y negado; con efectos terribles para su salud física y mental.