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La curva de la angustia[1]

 

 

Massimo Recalcati

 

La primera angustia fue persecutoria: el miedo al contagio, la enfermedad y sus riesgos. Si el peligro del contagio está potencialmente por todas partes, ha sido necesario el distanciamiento social para detener su presencia intrusiva. Mi prójimo se ha revelado -no por motivos ideológicos, sino científicos- como un peligro, reactivando el miedo arcaico hacia lo extraño y desconocido.

 

Cuando el primer decreto gubernamental, vinculado a la emergencia de la epidemia, comprimió nuestra libertad en la reclusión en nuestros hogares, solo se ha resuelto provisionalmente, la primera angustia. Dicha determinación se tradujo inicialmente en un sentimiento inédito de solidaridad y de unidad nacional. El trauma colectivo, en lugar de separarnos en el dolor, ha hecho que nuestras vidas sean más unidas. Nos sentimos unidos en una comunidad conformada por soledades. Una especie de "narcisismo de equipo" se ha desarrollado positivamente para luchar contra la miseria de una enfermedad que ha demostrado ser mucho más agresiva y temible, a lo que inicialmente se creyó y las muertes que con el tiempo se han acumulado. El nosotros ha prevalecido sobre el yo, el carácter individualista de la libertad ha dejado el lugar a la idea colectiva de la liberad como solidaridad. 

 

Sin embargo, detrás de la puerta se ocultaba otra angustia. Ya no la del riesgo del contagio, ni la de la privación de la libertad, sino aquella mucho más insidiosa y catastrófica de la pérdida del mundo. Esta nueva angustia ya no se manifiesta como vivencia persecutoria de intrusión -ser contagiados por el virus- sino adquiere el carácter de una especie de luto colectivo. Hemos perdido nuestro mundo, nuestra rutina, la posibilidad de vivir juntos como antes. Es la atmosfera francamente depresiva a la que todos hemos llegado frente al retrato de las ciudades del mundo transformadas en desiertos. La configuración de esta segunda angustia ha confirmado la experiencia apocalíptica del fin del mundo: nuca volverá a ser como antes. 

 

De modo que los cambios que la epidemia nos impone no solo serán medidas temporales, sino que alterarán inevitablemente nuestra vida colectiva. Por lo tanto se abre una nueva angustia, la más actual: la verdadera constricción no es más la de la reclusión, sino aquella de la necesaria convivencia con el virus. Desde el punto de vista social, esto significa reducir a los sujetos más frágiles a una condición de total dependencia y arrojar a la impotencia aquellos con un potencial generativo mayor. Para los primeros la angustia es la del abandono, para los segundos, la de la inmovilidad. Para unos, la angustia es la de la supervivencia, para los otros, aquella de la muerte profesional y emprendedora. El punto es que nos cuesta trabajo acostumbramos a la idea que reanudar no puede significar comenzar terminada la “guerra”. Esta es una imagen tranquilizadora de tipo regresivo. Se proyecta en un futuro próximo finalmente libre de la angustia del virus. Sin embargo, todo trauma siempre deja restos que no pueden ser del todo eliminados. 

 

Debemos acostumbrarnos al intruso, a un gobierno que no puede ser más que solo provisorio de su amenaza. Nuestra fantasía, sería en cambio, la de un verdadero inicio libre de la presencia incómoda del virus. Pero es una fantasía infantil: separar tajantemente el bien y el mal, para liberar nuestra vida de la angustia que implica su presencia compartida. La nueva angustia es la de la reapertura de la vida en un tiempo de inevitable convivencia colectiva con el mal. Es aquella de una reapertura a la vida tanto necesaria como incierta, fatalmente expuesta al riesgo.  

 

El deber de una comunidad es ciertamente la protección de la vida, sobre todo de los sujetos más frágiles, pero también es - como sucede en el mito bíblico del profeta Noe, sobreviviente de la catástrofe del diluvio- de saber sembrar la viña. Las mejores partes de nosotros y de nuestro País son aquellas que se asemejan a Noe; el “resto salvado” de la destrucción, de la fuerza positiva que resiste a la devastación del mal. Pero en nuestro caso la viña exige ser sembrada, a pesar de que al rededor aún haya muerte y destrucción. No podrá ser al final del diluvio, sino en una zona de tránsito fatalmente incierta. Esta es la durísima prueba de realidad que exige este trauma colectivo, que no se puede posponer. Es la angustia de no conseguir representarnos cómo seremos y en qué nos convertiremos, en un tiempo que no permite separar el pasado traumático del futuro del reinicio. Es la zona inestable de en medio que estamos transitando: no la luz o la oscuridad, sino la luz oblicua en la oscuridad; no el miedo o el coraje, sino el coraje en el miedo. No podremos ser más aquello que hemos sido, pero todavía tampoco sabemos bien en qué podremos convertirnos. 

 

Lo que es seguro es que lo que seremos no ha sido ya, no podrá ser aquello que ya hemos sido. No más después de este trauma. Este es nuestro mayor miedo. Pero como bien decía Jung: “Ahí donde el miedo es mayor, está nuestra tarea”



[1] Editorial publicada originalmente en el diario italiano La Repubblica, La curva dell’angoscia (12/04/2020) traducida al español por Camilo E. Ramírez, con autorización del autor.