Pin It
   

Tener miedo se convirtió en una virtud[1]

 

 

Para el psicoanalista Jorge Forbes pasamos a tener miedo de todo, de la capa de ozono al gluten. Ese es el precio que pagamos por vivir en una sociedad occidental libre.

 

Estamos viendo la cancelación de eventos con mucha anticipación. ¿El pánico por el coronavirus es justificado?

Vivimos una epidemia del miedo. Tenemos miedo de todo: de la capa de ozono, del gluten, del sexo, a caminar en la calle. Desde una perspectiva occidental, de una sociedad de formación europea, tuvimos la ruptura de un modelo estandarizado, jerárquico, orientado por la autoridad del padre. Hoy vivimos en una sociedad mucho más libre, flexible, múltiple, líquida, sin ataduras. Al romper esas normas, pasamos a tener enfrente múltiples opciones, a vivir en una sociedad de decisiones. Al inicio, ello puede generar mucha felicidad, una gran libertad. Hasta advertir que, al elegir una posibilidad, perdemos otras nueve opciones, lo que se convierte en motivo de angustia.

 

¿Cuál es la consecuencia de esa angustia?

Una de las consecuencias es que la ética del miedo inmoviliza la creatividad humana, congela nuestras actitudes. Es el tal FOMO (siglas en inglés para “Fear of missing out”), el miedo de estar fuera de las cosas legales y eso nos paraliza. Lo contrario del miedo es el entusiasmo. El miedo es seguro, el entusiasmo, un riesgo.

Cuando tenemos miedo no creamos nada. La creatividad implica riesgos, y cuando tenemos miedo, quedamos anticipándonos, entumecidos, sin querer salir de nuestra zona de confort. En ese momento, surgen los riesgos, aquellos que explotan nuestros miedos, los exorcismos de los ministros de esquina[2], los libros de auto ayuda.

 

¿Cómo podemos protegernos de ese miedo y salir de esa imposibilidad?

La ansiedad de vivir en una época sin modelos fijos lleva a las personas a exigir símbolos de unificación. Entorno al miedo, nos unimos, procuramos vivir una experiencia común, con personas con dificultades semejantes. Creamos lazos hasta con personas que no conocemos. En el caso del coronavirus, llega incluso a existir un uso lúdico del cubrebocas – es un elemento que nos une en una comunidad, en una tribu. Quien usa cubrebocas se volvió en parte de una pandilla que no fue infectada y que no desea ser infectada.

 

Las personas están dejando de viajar y encerrándose en su país. ¿Esto puede aumentar las reacciones, como racismo y antiglobalización?

Creo que sí. Estamos muy perdidos, tomados por una histeria. Veamos la llegada de los brasileños regresando de China, quedaron en cuarentena, fueron tratados como el Papa en visita a Brasil. Sí, el miedo puede crear nuevas formas de racismo, ahora ante ciertas nacionalidades: china, italiana, iraní. Antes, el mundo era más organizado, estaba dividido en identidades, hasta que vino la globalización y cuestionó todos esos valores. La convivencia se impuso, y con ello, tuvimos que lidiar con las diferencias. Pero esto es demasiado difícil.

 

¿El miedo cambia con la edad?

La verdad es que hubo una inversión. Cuando éramos pequeños -para quien tiene más de 40 años- nuestros padres decían que tener miedo era cosa de niños. Los adultos se colocaban en una posición de coraje, nos decían que cuando creciéramos perderíamos el miedo. Crecimos y finalmente nos volvimos más medrosos. El miedo se convirtió en prudencia, en virtud.

 


[1] Entrevista publicada originariamente bajo el titulo Ter medo virou uma virtude en revista Exame, año 54, No. 5, edición 1205, Sao Paulo, Brasil. (18.03.2020) Traducido al español por Camilo E. Ramírez, con autorización del entrevistado (N. del T.)

[2] En Brasil, como en muchos países latinoamericanos, proliferan los ministros religiosos de diversas confesiones y prácticas, tanto de inspiración cristiana como no cristiana. Por lo que en diversas ciudades es común ver en cada esquina innumerables opciones en esta materia. (N. del T.)