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La fuerza del libro

 

 

Camilo E. Ramírez

 

“…quisiéramos llevar al lector a una consecuencia

en la que le sea preciso poner de su parte”

Jacques Lacan

 

Un libro porta consigo una fuerza ilimitada, que puede ser actualizada, hacerse efectiva o, por el contrario, quedar sin consecuencia. Depende del lector. Para hacer algo con la lectura, se requieren al menos tres movimientos: apertura, lectura e implicación.

El libro no es algo que por sí mismo nos dictará lo que haremos con él, sino cada lector, al poner algo de sí, establece lo que hará con cada libro que lee. El lector, en tanto singularidad, crea para sí, su libro, lo actualiza y reinventa, haciendo algo inédito, introduce una variación en el mundo a partir de aquel libro. Pues todo libro invita a la invención. Es por ello, que la lectura, el acto de leer, no es simplemente algo para apartarse de la vida, cerrarse sobre sí mismo usando al libro como compañero fóbico, en una diada mortífera que niega y rechaza los vaivenes de la vida, simple masturbación intelectual que goza en la infecunda acumulación de conocimiento, como esas listas de libros leídos por año, estilo competencia. Al operar así, el libro deviene una prisión-fortaleza, una negación y mortificación de la vida y sus riesgos deseantes. ¿Será por ello que mucha gente prefiere convertir los libros en cadáveres, textos embalsamados, sagrados, a los movimientos y danza de las personas, las vidas y sus libros?

En cada acto de lectura, el libro, distante y ajeno, se convierte, por la acción de quien lee, en algo único para sí. Cuando leo convierto el libro en mí libro, lo hago mío, modifico algo del mundo. Ello plantea una polisemia entre quien escribe y quien lee, en donde no existe un único referente, sino múltiples. Incluso, se puede constatar que, a lo largo del tiempo, al leer el mismo libro en diferentes momentos, en cada uno de ellos, nos dice cosas diversas, posee múltiples resonancias. En ese sentido, un libro -como plantea el psicoanalista italiano Massimo Recalcati- asemeja un cuerpo, lleno de ilimitadas novedades en cada zona, en cada pliegue , en cada encuentro; que, a pesar de ser el mismo, no lo es del todo, ya que vibra y resuena en cada ocasión, amplificando y variando sus sentidos.

¿En que radica la fuerza de un libro? Precisamente en que el contenido de sus ideas puede amplificar el horizonte del mundo de quien lo lee. De pronto, al leer, encuentro que mi realidad, mi vida, comienzan a deshilvanarse y tejerse de formas variadas, a ser leídas por el texto que leo, como si fueran espejos encontrados, algo se refleja de cada lado; encuentro algo que buscaba en las palabras del libro, me reconozco o desconozco en sus letras, cambiando para siempre el mundo que tengo enfrente. En un breve instante, dejo de ser el mismo, algo es diferente antes y después de sumergirme en el río de la lectura, soy otro; mi ser, confeccionado también de palabras, ahora posee otros referentes y ediciones. Leer es un acto de inventiva constante, de amplificación del ser, que, para los humanos es al mismo tiempo, vacío y, por ende, ilimitado.

Los libros se tejen con palabras, ideas y frases, las cuales se entrelazarán como raíces y ramas, enredándose con nuestros cuerpos, confundiéndose con ellos; las palabras, verdaderos surcos que aran la tierra del cuerpo y del mundo. Quizás por ello, en japonés los kanjis que escriben “libro” y “árbol” guardan semejanzas en sus elementos estructurales, en sus radicales. Pues un libro, como un árbol, alimenta, da sombra, produce energía, evita la erosión, entre muchas otras cosas.

Los libros pueden ser hilos, redes que sostienen fuertemente en tiempos difíciles, así como retumban y remueven lo imposible por modificar y crear. Por ello Sigmund Freud colocó en su opera prima, La interpretación de los sueños (1900) la frase “Flectere si nequeos superos, Acheronta movebo” (Remover el mundo subterráneo) pues bien sabía que un libro, su libro sobre los sueños, haría eso, remover lo imposible.

Un libro también es un encuentro, sucede por sorpresa, nos descentra de nosotros mismos, justo como el amor. Quien asiste a librerías y bibliotecas con la intensión, no sólo de comprar un libro ya planeado, anotado en una lista, sino para dejarse sorprender por los textos, a menudo refiere experimentar una curiosa mirada -a veces ligera, otra pesada, incluso como una voz que le llama, que le grita- ante ciertos libros. Maravillándose posteriormente del milagroso encuentro con aquellos libros que lograron encontrarnos sin aparentemente andarlos buscando.