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 Primer retrato: el deseo envidioso*

Massimo Recalcati

 

 

Nuestra galería se inaugura con el retrato del deseo envidioso. El primer retrato del deseo tiene el rostro de un niño desgarrado por los celos, excluido de la escena. Lacan lo extrae de las páginas de las Confesiones de San Agustín.

Vidi ego et expertus sum zelantem parvulum: nondum loquebatur et inteubatur pallidus amaro aspecto conlactaneum suum [Vi con mis propios ojos y conocí bien a un pequeño presa de los celos. No hablaba todavía y ya contemplaba, todo pálido y con una mirada envenenada, a su hermano de leche].[1]

Nuestro viaje se inaugura con el gesto sufriente del hermano de leche que observa su lugar ocupado por un intruso. El hermanito recién nacido puede disfrutar felizmente del seno materno, mientras el otro, se ve obligado a contemplar la escena desde el exterior. Su mirada es sufriente y rabiosa, porque el goce del pequeño recién nacido establece la exclusión del suyo. La “mirada sombría” del niño excluido del goce del seno materno es una mirada resentida. La envidia celosa lo consume. Un escalofrío sacude el cuerpo que aspira a un placer que se le suprimido traumáticamente.

El primer retrato del deseo se refiere a la herida de una exclusión. La mirada sombría de la envidia del excluido observa con dolor el goce del intruso (que había sido suyo). Lacan retrata el primer rostro del deseo a través de una escena que exalta su dimensión celosa y envidiosa. La primera manifestación del deseo tiende a asumir una conformación que encontramos frecuentemente en el mundo de los niños: el deseo infantil se manifiesta estructuralmente como deseo del objeto deseado por el otro niño. Los niños desean el objeto que posee el semejante, no por alguna cualidad inherente al objeto, por alguna propiedad especial, por su contenido, sino, exclusivamente, porque ese objeto es el objeto del deseo de otro. La ley bíblica, en la medida en que proclama su interdicción, hace eco de esta naturaleza del deseo —“no desearás los bienes ajenos”. El niño desea jugar con el juguete del otro niño, solo mientras dicho juguete captura el interés del otro. Cuando el otro deja caer el juguete, el encanto imaginario que captura el deseo, se disuelve. El juguete no posee ningún valor si no es animado por el deseo del otro. Se deja caer de las manos como un esqueleto vacío, desgastado, un desecho, una ruina, como si estuviera roto. El niño lo desea solo si alguien más lo posee. Estamos frente a una verdad antropológica: lo que anima a los objetos, haciéndolos vivos y deseables, es la pasión del deseo del otro. Todo el mundo infantil gira en torno a esta dimensión del objeto imaginario del deseo. “¡Es mío!”, “¡Es mío!”, “¡Es mío!”, resuena como un mantra maligno y repetitivo en los juegos de los niños. Pero también retorna en los de los adultos, quienes, como sucede a los niños, a menudo permanecen atascados en las arenas movedizas del deseo envidioso. Melanie Klein hablará sobre la envidia como dimensión constitutiva del deseo humano e ilustrará cómo los fantasmas de destrucción más arcaicos se arraigan en esta dimensión. Incluso, según Lacan, esta representación del deseo no puede más que hacer brotar violencia y agresión entre sí, del excluido del goce contra aquel que, en cambio, puede gozar libremente de su objeto. El deseo envidioso, como un absurdo Sísifo, está destinado a reiterar su animosidad sin paz. Por esta razón, Lacan lo llamó una “carrera sin límites” y los padres de la Iglesia definieron, no por casualidad, a la envidia como un pecado “hijo de la soberbia”, que no se satisface sino en la esperanza de “destruir los bienes del otro”. Lo sabemos bien. El deseo envidioso en sí mismo no conduce a ninguna satisfacción. Más bien es un deseo que obstaculiza la satisfacción del deseo, porque solo se nutre de la rivalidad agresiva e idealizante con el otro. El deseo envidioso elige a su objeto no solo en cuanto intruso, sino en cuanto ideal. Envidio a quién tiene y es más que yo, pero similar a mí, no muy lejano de mí; envidio a quien es la encarnación exteriorizada de mi ideal. Envidio el carácter próximo, pero inalcanzable de mi ideal. Por esta razón, el deseo envidioso está destinado a ser capturado por el columpio de la agresividad y la idealización. Como un péndulo que oscila sin cesar de una posición a la otra. Poseer el objeto del deseo del otro, poseer su juguete (su hombre o su mujer), no solo significa recuperar una propiedad, sino tomar el lugar del otro, adquirir su potencia ideal, reflejada narcisistamente por el espejo, reunirse con la propia imagen ideal, convertirse en la realización del propio ideal. Por ello, el más odiado también puede ser, en las vicisitudes del deseo envidioso, el más amado.

El deseo envidioso encierra la vida en el espejo; observar los movimientos seductores de nuestro ideal reflejado sin jamás poder alcanzarlo, daña la vida y la consigna a un resentimiento rabioso e impotente. La vida que se consume en el espejo es la vida que se pierde en la propia alienación imaginaria, es la vida que persigue un ideal siempre arrebatado, y como consecuencia, vive el deseo como una enfermedad. La vida del envidioso es una vida vacía, atormentada, expuesta a la pereza, como sabiamente lo sentenciaron los padres de la Iglesia. La clínica psicoanalítica bien lo sabe: la destrucción, las rivalidades mortales, la agresividad y los fantasmas sádicos masoquistas, definen la mezcla entre el deseo envidioso y la dimensión de la agresividad humana.

El deseo en su versión imaginaria, en su declinación radicalmente infantil, es deseo del objeto deseado por el otro, del objeto del deseo del otro, es deseo de tomar el lugar del otro, deseo de ser su imagen ideal. En un primer plano no solo está la herida de la exclusión y el fantasma del intruso, sino el proceso de idealización que eleva al otro envidiado a imagen (falsa) de nuestra potencia. El deseo envidioso no soporta la mirada de satisfacción de los demás, porque le gustaría ser ese otro que se realiza vitalmente, mientras que su vida —la vida del envidioso— permanece lejana de la satisfacción, lejana de la realización de su deseo, una vida lejana de la vida. Por ello, Lacan ha podido afirmar, que, en el fondo, el deseo envidioso no es envidia de nada, de ningún objeto, sino envidia de la vida, de la vida misma del otro.[2]

¿Cómo nos liberamos de esta pasión celosa y agotadora? ¿Cómo se le puede poner fin al columpio imaginario del deseo? ¿Cómo se sale del túnel del tormento impotente de la envidia? Debemos llegar al segundo retrato para encontrar respuestas a estas preguntas.



*Capítulo contenido en el libro Los retratos del deseo de Massimo Recalcati, traducido al español por Camilo E. Ramírez Garza, publicado en la editorial México: Paradiso Editores, 2023.

[1] Jacques Lacan, "La agresividad en psicoanálisis", en Escritos 1, México, Siglo XXI, pp. 107-108.

[2] Véase: Jacques Lacan, El Seminario. Libro 7. La ética del psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 1998, pp. 284-285.