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Casa en expansión

  

Camilo E. Ramírez

 

El universo en una cáscara de nuez

Stephen Hawking

 

 

Para los que se quedaron en casa, sin importar su tamaño o diseño, esta se amplificó, diversificándose. Se improvisaron nuevos espacios y atmosferas: por la mañana la sala se convirtió en un gimnasio y clase de pilates, desmontables; los pasillos y corredores, devinieron pistas para correr o patinar, para hacer caminata recreativa al caer la tarde, los más osados usaron las escaleras para escalar montañas y practicar senderismo; el comedor, despacho y sala de juntas, el fin de semana puesto de tacos o un restaurante recién montado; al medio día, para echar un taco, rápidamente volvió a su estado original; la sala de tele, set de transmisión para reuniones en línea y grabación de videos, alternándose con alguna sesión de yoga, cibercafé y video juegos; las habitaciones, cabinas telefónicas, consultorio médico y sesión con el psicoanalista; la cocina, no obstante ser la misma cocina de siempre, durante la mañana y parte de la tarde, fungió como lugar de encuentros breves, espacio de tránsito para un bocadillo, un tentempié, tomar agua, café o cualquier cosa, en medio de la jornada. Los baños, además de seguir funcionando para lo que son, se convirtieron para muchos -sobre todo para los padres con hijos pequeños- en espacios personales donde encontrar un poco de paz, verdaderos bunkers para tomar un respiro, lejos del bullicio del mundo de afuera; patios, porches, cocheras, terrazas y balcones, cualquier lugar con vista hacia afuera, simplemente un oasis en el desierto, la única locación, por ahora, considerada “el mundo exterior” que amplifica el horizonte, un lugar para inventar algo (“¿Y si hacemos algo el fin de semana?”) juegan con ingenuidad cómplice, quienes saben que esto durará más tiempo, pero aun así, le apuestan a la actuación de cara y tono sorpresivos, que logra por momentos dar algo de espontaneidad. “Al mal tiempo, buena cara” reza el dicho.  

El teléfono y la internet, así como la televisión, los videojuegos y el Netflix, junto a los periódicos electrónicos, los libros y la música, funcionan como verdaderas ventanas, puentes y canales para ir – al menos virtualmente- a alguna parte, en estos tiempos de pandemia. ¡Junto a los profesionales de la salud, oda a los ingenieros en telecomunicaciones, a los programadores, diseñadores, músicos, directores de cine y escritores!

Quien ya se encuentra fastidiado, harto o angustiado, no logrará conectarse a nada, pasará de una cosa a otra sin encontrar un lugar ¡su lugar! será presa fácil del mal humor, la queja, el lamento y la tristeza. A ellos les recomendamos no presionarse por tener que estar bien, ser productivo y activo, aprovechar el tiempo y todas esas carreras desesperadas que promueven los motivadores y libros de autoayuda. Sino más bien, hacer un alto para saborear la nada, la discontinuidad, la pérdida y ver si por algún lado emerge el descanso tan ansiado, quizá hasta algo de interés… Puede ser un cierto sendero, más no es obligatorio ni está garantizado, depende de la apuesta de cada uno.

Como lo mostró Freud, en los sueños que soñamos mientras dormimos, se presenta una polifonía de momentos, lugares de múltiple figurabilidad y significación, además de coexistir los opuestos (“Estaba en casa, pero no se veía como mi casa, pero yo sabía que era mi casa”. “En mi sueño era yo el que veía pero al mismo tiempo estaba viendo desde lejos, como un narrador, al tiempo que me sentía  siendo visto por alguien, pero al verme al espejo no me reconocí, no me veía como yo, sino como…”); pudiendo confeccionarse diversas narrativas a través de las imágenes que logramos recordar ya despiertos, del sentido y significado inconsciente a través de lo que, para la conciencia, pudiera parecer algo sin sentido, pero que a través de la asociación libre del soñante (decir todo lo que se venga a la mente, todas las ocurrencias, sin oponer ningún tipo de censura, por más ilógico o vergonzoso que parezcan) puede descubrirse la verdad, el sentido y significado, de nuestros sueños.

De la misma forma, la casa – ese espacio aparentemente tan cotidiano y conocido - el cual ya dispone de un plano, diseño y decoración específicos, en esto tiempos de reclusión voluntaria, debido a la pandemia del Covid-19, que sorprendió al mundo, ha adquirido una polifonía de usos y atmósferas, convirtiéndose en una casa en expansión, justo como sucede en nuestros sueños.

La creatividad e imaginación han inventado usos inéditos de los espacios y tiempos, práctica que, hasta hace poco, solo era conocida por algunos testimonios de astronautas, prisioneros de guerra, trabajadores de plataformas petroleras, deportistas de lo imposible: nadadores de aguas abiertas, corredores de ultra distancia y alpinistas.

Las casas en tiempo del coronavirus se han expandido. Mostrándonos una característica básica de la existencia humana: que lo nuevo que logra satisfacernos, no es necesariamente algo opuesto a lo viejo, a lo ya conocido, que estaría en otro lugar, en un nuevo objeto, sino un pliegue interno de lo mismo, una amplificación del objeto ya conocido, un uso inédito del mismo, hasta ese momento desconocido (de sí mismo, del otro, de la casa, de la vida) que siempre había estado presente -incluso como potencialidad- sin ser notado. Su lógica implica hacer con los elementos que se tienen a la mano, por eso mueve al a invención y creatividad; pue no responde a un “Pienso luego existo”, sino “Hago, luego…”. Que más allá o más acá de los lugares, desplazamientos y circuitos que recorremos en el día a día y que ahora se pudieran extrañar, existe algo que se realiza, es potente y generador, inclusive estando en el mismo espacio -que al mismo tiempo es uno ya conocido y otro diferente, in crescendo. Algo que lograron captar de manera genial, tanto Lars von Trier en su película Dogville (Dinamarca, 2003), Julian Schnabel en Le Scaphandre et le papillon (Francia, EUA, 2007) como Harold Ramis en Groundhog Day (EUA, 1993). 

 

*Editorial publicada originariamente en el periódico El Porvenir (08/042020) sección editorial, pág. 2. 

 


 

 

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El poder generativo del trauma*

 

 

Camilo E. Ramírez

 

 

El psicoanálisis se dirige para que la persona esté lista

para todas las circunstancias 

Jorge Forbes

 

 

 

Un trauma acontece cuando se rompe súbitamente la continuidad de la existencia en algún punto espacio temporal, poniendo en jaque los referentes que dan consistencia al estilo de vida, la identidad de una persona, de un grupo, de una familia, de toda una sociedad o, como estamos experimentando en estos tiempos, de todo el planeta.

No hay formas de prever ni anticipar tal suceso traumático, es un golpe tajante, duro e irreversible. Un evento traumático divide para quien lo sufre la historia en un antes y un después. El rostro del tiempo, del mundo, ¡de nuestro mundo! cambia para siempre, no pudiendo ser más como era antes. Lo traumático es tal para quien lo vive, por su relación subjetiva, de ahí que no sea una experiencia clasificable, general, la misma para todos; lo traumático y la angustia que se genera, siempre guardan una relación íntima con la verdad de quien lo padece.

Precisamente por su experiencia vertiginosa, un trauma puede generar angustia en quienes lo padecen, sentirse extraviados, reaccionar desesperadamente: acciones para atrás, hacía un tiempo que se pensaba era mejor (“Todo pasado fue mejor”) con  sus propuestas de volver a los valores de antaño, a cuando éramos felices y no lo sabíamos; posición que encarna una nostalgia  por lo rígido, el sueño de la dictadura -inclusive; así como aplazar el presente enviándolo a un más allá, a un futuro que se antoja más esperanzador, la posición utópica, que, para hacerle frente a lo traumático del presente, pretende suturar su herida con el aumento del sueño-despierto-utópico y su pensamiento mágico, esperanzador. Hay que tener en cuenta, que una experiencia traumática, produce angustia en sentido doble: tanto por lo que se pierde de sí mismo y de eso considerado como “la realidad” que se creía segura, como por el hecho de tener que elegir o inventar una posición nueva, por confrontarse ante la libertad que porta cada vida.  

Lo peligroso de ambas posiciones (nostalgia y utopía) además de que renuncian a responder a un presente, siempre nuevo y diferente, sea por quedarse embelesada en el pasado o por una fuga en la esperanza, es que encajan muy bien en lo políticamente correcto, en las formas de pensar de las mayorías. El humano rechaza la vida cuando asume dichas posiciones, renuncia a vivir aquí y ahora, creyendo que con ello, se estaría más protegido.

Ante lo traumático y la discontinuidad que tiene la vida (sus encuentros y desencuentros, sus sorpresas y cambios de dirección) no existe hilo que logre suturar esa herida, por lo que tenemos que reconocerla e integrarla en nuestra existencia, vivir precisamente abandonando la ida de que un día, sea en el pasado o en el futuro, estaremos mejor, porque no, no será así. No, al menos si seguimos sosteniendo que ese “estar mejor” es un determinado punto, algo como un destino, a donde se llega un día, como quien escala un cerro y llega al punto más alto, y al llegar ahí, entonces ya estaremos bien, siempre y cuando nada de la realidad traumática, tóxica -como se dice en esto tiempos-, no nos tumbe de nuestro sueño (“Ando chido no me toquen”, “¿A dónde ibas a viajar que el coronavirus te jodió los planes?”) sino más bien, una experiencia, un recorrido, un pasaje sin fin, sin tregua, que es más bien una postura ante la existencia, más que algo que se consigue de una sola vez.

Un evento traumático golpea los referentes y organizadores (imágenes, palabras, números, secuencias, rutinas…) con los que contábamos, estos ya no nos sirven más para orientarnos completamente, se vuelve parciales, limitados, líquidos -diría Sygmunt Bauman, o incluso más allá, se evaporan. Ante ello, podemos inventar nuevos referentes, nuevos organizadores, unos más diversos y flexibles. En ello radica la fuerza generativa del trauma: habiendo tirado al sujeto de una determinada posición, que se pensaba única, uniforme y estable, se puede inventar algo que responda -como se decía al principio- para todas las circunstancias. Eternizar un presente siempre cambiante, generando respuestas creativas cada vez, en la lógica del surfista, que se adapta y responde a un medio siempre variable. 

Es la fuerza generativa del trauma: introducir un corte en el tiempo o podríamos decir, introducir el tiempo mismo, uno nuevo; ofreciendo la posibilidad de recomenzar, de reiniciar. Lo traumático va dejando no solo destrucción a su paso, (destrucción de referentes y organizadores ya no operantes; diferenciar de manera más simple y clara, lo superfluo, lo innecesario) sino la posibilidad de un comienzo a través de una paradoja: reintroducirle vida a la vida a través de una “muerte” o fin de algo, de un cambio. 

 

*Editorial publicada originariamente en el periódico El Porvenir (01/042020) sección editorial, pág. 2. 

 


 

 

 

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Lo ingobernable: fuente de invención

 

Camilo E. Ramírez

 

 

El miedo es seguro, el entusiasmo, un riesgo

Jorge Forbes

 

 

La vida y la muerte son el orden de lo ingobernable. Habitamos entre dos imposibles: no pedir nacer y no poder hacer nada -hasta el nuevo aviso tecnológico- para un día no morir.

La vida humana puede ser vista como la respuesta permanente a los eventos contingentes, sorpresivos y problemáticos, que se nos van presentando, lo que generamos e inventamos a partir de ellos; las formas, creativas y variadas, de hacer algo inédito con lo que nos hicieron, con lo que nos sucede.

La vida humana posee muchos rostros de lo ingobernable, es decir, experiencias y cosas que no podemos prever, ni controlar del todo, pues siempre algo se escapa a su control, dominio y entendimiento: el latido del corazón, interactuar con lo desconocido, las sorpresas, las contingencias, enamorarnos, la pasión, el interés, la creatividad, la plasticidad cerebral, las paradojas de la naturaleza, los microorganismos, las bacterias, los virus… No es que el riesgo aparezca ahora, siempre está presente. El riesgo y la incertidumbre es el contexto permanente de la vida para los humanos; convivir con lo incompleto, con lo que escapa al control e inventar soluciones.

El humano se renueva, reinventa y amplifica una y otra vez, somos solucionadores de problemas y dificultades. Construimos en el silencio y en la quietud, también en el caos, el dolor y el sufrimiento; es en lo incierto que inventamos el futuro. Y hoy estamos viviendo tiempos de transformación, de cambio de paradigmas, colectivos y globales, de estilos de vida, política, economía, de atención a la salud…que podemos, por momentos, pensar el mundo, ese tan distante, tan lejano, muy cercano, interconectado, tan globalmente local.

Las recomendaciones básicas de higiene ya tienen varios siglos, son baratas y simples, y tienen que ver más con principios elementales de higiene y educación que se han ido perdiendo...sin embargo, el miedo, su contagio social y explotación, política y comercial, gusta de aparatosas y escandalosas medidas, eleva rating en medios, seguidores y tránsito en páginas web – de ahí el consumo excesivo y compras de pánico- en un intento por contrarrestar la angustia, vía el gasto de dinero en productos tan aparentemente opuestos y extraños, pero con un vin-culo, como lo son el papel higiénico, armas y municiones, estos últimos en algunas ciudades de EUA. Solo que la angustia, a diferencia del miedo, al no tener un objeto específico (información, imagen, compra…) que la calme, que la haga desparecer, al pretender frenarla o extinguirla por esa vía, se corre el riesgo de amplifica, como intentar apagar el fuego con gasolina.

Quienes imperiosamente buscan estar seguros vía el binomio miedo-consumo, quizás ignoran que se han transformado a sí mismos en Sísifos que al tiempo que acumulan, cargan pesados objetos/actividades antiestrés, anti-miedo, anti-angustia, que no solo no conseguirán tranquilizarlos y entretenerlos, sino angustiados, hartarlos y aburrirlos aún más, saturarlos de objetos. Pues recordemos que el superyó postmoderno -como técnicamente se le menciona en psicoanálisis- ya no es solo aquella instancia juez moral terrible, aquella conciencia imposible de satisfacer, sino algo que ordena además un imperativo moral-afectivo: “Tener que ser feliz”, “Estar saludables”, “Estar divertidos”, “Estar libres de estrés”, gracias a lo cual, momentos como el que vivimos, estresarán y atemorizarían aún más, al no poder realizar dichas ordenes, derivadas de “No solo tienes que hacerlo, te tiene que gustar hacerlo”  Ante ello, ¿Cómo responder? ¿Qué podemos hacer?

Lo más sencillo, no solo suele ser lo más elegante y verdadero, sino lo más fundamental. Ante lo incierto, lo nuevo o difícil de la existencia, tenemos dos grandes formas de responder: de manera común, mediante las respuestas que ya conocemos o la invención de respuestas creativas. Las respuestas comunes son el enojo, la queja, echarle la culpa a alguien (a los padres, a los maestros, al gobierno, a la pareja, los infectados…en fin, al otro) creer que si no fuera por ellos, el mundo, nuestro mundo, sería maravilloso; la queja convierte al quejoso en un perfecto moralista, implacable juez de los demás; quejarse da la sensación de mantener la propia perfección (el narcisismo) intacta, el mal, el infierno, son los otros, a los cuales hay que evitar, solo que al ver de cerca, siempre detrás de un perfecto moralista hay un perfecto perverso.

La tristeza -esa rabia vuelta hacia sí mismo- y el fatalismo, son otras de las respuestas comunes; quien encarna tales posiciones, tiene la certeza de portar un saber mayor, por el hecho de estar sufriendo en carne propia o haciendo sufrir a los demás, como lo es el fatalista que considera que al aumentar la gravedad y el sadismo (con el otro, por supuesto) aumenta el grado de verdad en lo que dice; gusta dar noticias terribles y de impacto, se alimenta en producir miedo y terror en los demás, mismo que precisamente no puede asumir en sí mismo/a, mientras que quien encarna la tristeza como posición permanente, tiene la ilusión que declarando los males padecidos, asumiendo una culpa permanente, logrará calmar o confundir a los dioses de lo ingobernable, pues “ya ha pagado la cuota”, creando una especie de inmunidad ante el riesgo de vivir.  

Por otro lado, las respuestas creativas se posicionan ante  el mundo, como algo maravilloso y nuevo, no como una amenaza constante, se inscriben y surgen en el corazón mismo de la vida humana: al no estar determinados biológicamente, podemos inventar ideas, estrategias… (¡Vacunas! ¡Medicamentos!) adaptarnos creativamente, innovando mediante nuevos conocimientos, tecnologías y sistemas, siempre variados e inéditos; siendo diferentes de persona a persona, basados en la posición de la multiplicidad y no de la igualdad o uniformidad; partiendo de lo incompleto, de la diferencia, de la singularidad, no como falla o error, sino como detalle y tesoro, creativo, económico y de solución. Esto, en el día a día de este contexto global-localmente compartido del Covid-19, sería inventar de manera creativa el cómo vivir, convivir (trabajar, jugar, aprender, comprar…) la vida, no solo no sucumbiendo ante el canto de las sirenas de las respuestas comunes, sino explorando e inventando nuevas formas de vida y convivencia. ¿No es acaso eso de lo que se ha tratado la vida humana desde su origen en este planeta? 

 

 *Editorial publicada originalmente en el periódico El Porvenir (18.03.2020) página 2. 




 

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¡Estamos en guerra! ¡Hagamos lo imposible!*

 

Camilo E. Ramírez 

 

 

¿No es acaso esta la tremenda lección del Covid-19, que nadie se salva solo?;

mi salvación no depende solo de mis actos, sino de aquellos del Otro

Massimo Recalcati

 

 

¡Estamos en guerra! Solo que el enemigo a vencer no es algo visible, bien localizado, alguien a quien podemos ver a kilómetros de distancia, desde la torre de vigilancia de nuestro castillo amurallado, sino un virus, algo invisible, microscópico. Ello puede, tanto elevar el estado de alarma y angustia paralizante, como contagiar la negligente negación de la gravedad, pensar que, porque no se ve, no existe. Dos extremos igualmente peligrosos. Ante este escenario, ¿Cómo recuperar la calma? – nos preguntan.

Definitivamente, así como en el ámbito de la biología, los organismos que sobreviven son los más adaptados a las condiciones nuevas y cambiantes, en el contexto humano, existencial y psicológico, las personas que respondan creativamente, que logran construir intereses, de los más variados y diversos, como una forma de vivir en estos tiempos, son quienes no solo lograrán surfear las mejores olas de un mar embravecido y adverso, sino inclusive, lograr lo imposible, disfrutar del recorrido, apropiándose de manera, singular y responsable, de sus respuestas. “¡Que no cunda el pánico!” -como decía el Chapulín Colorado, sino que cunda, la responsabilidad, la curiosidad, el interés, la pasión, la invención…En este sentido, no se trata tanto de recuperar la calma, sino de abrazar el ritmo del movimiento vertiginoso a nuestro favor, crear algo a partir de ello; justo, como no lo enseñan desde hace ya mucho tiempo, los deportes extremos y la música electrónica.

Las recomendaciones de las autoridades son claras: lavarse las manos frecuentemente, no tocarse la cara, ni frotarse los ojos, desinfectar superficies, toser atravesando el codo, mantener una sana distancia, evitar aglomeraciones, salir lo mínimo indispensable, en lo preferente -quien así lo pueda, su estilo de vida y trabajo, se lo permita- no salir de casa, cancelar las salidas de esparcimiento, las vueltas que se puedan postergar, para con ello evitar un contagio vertiginoso, exponencial; consultar al médico especialista en caso de síntomas respiratorios, aislamiento en caso de contagio de Covid-19.

Son tiempos que hacen emerger una tensión que pone en juego el valor cívico en cada uno de nosotros, el bien colectivo que se construye desde la singularidad: la posibilidad del cuidado de sí mismo y del próximo más cercano, así como del semejante, lejano y desconocido, reduciendo la interacción social, quedándonos en casa, se confrontan con el deseo más inmediato, íntimo y egoísta -muy el tono de nuestros tiempos- de querer hacer lo que se pegue la gana, como si nada pasara, con un halo de narcisismo con su pensamiento mágico “¡A mí no me pasará nada!” .... ¡Verdaderos peligros ambulantes! ¿Renuncio a realizar lo que yo quiero para salvar al otro? ¿Niego todo lazo social, todo vínculo, incluso a un nivel más elemental, a nivel biológico?

La pandemia del coronavirus pone en jaque, no solo a nosotros como organismos biológicos, sino a gobiernos, políticas públicas, sector salud, economías, empresas, parejas y familias. No solo de ahora -de la vida en tiempos del coronavirus- sino a cada momento. La pandemia del coronavirus pone al descubierto asuntos, estilos y problemáticas, postergadas, pendientes, en lo mundial, nacional, local, familiar e individual.

Sobre las reacciones, los comportamientos de estos tiempos pandémicos que dificultan aún más las cosas: ¿No son acaso los desabastos, el aprovechar la tragedia, lo mismo que hemos visto reflejado desde siempre en el síntoma de la vialidad regiomontana, cada uno manejando como le plazca, sin importar el otro? ¿De la música estridente del vecino, que hace como si viviera aislado cual ermitaño? ¿Del junior, drogado y alcoholizado, que mata con su auto a un transeúnte y sale libre pagando una cuantiosa suma de dinero? ¿De empresas preocupadísimas más por sus ganancias y pérdidas, que por sus trabajadores y clientes? ¿Primero mis dientes y luego mis parientes? Entre muchos otros detestables rasgos del Monterrey way of life.

Si algo nos enseña y recuerda la pandemia del Covid-19 de manera contundente, vulnerando la salud y las formas de afrontamiento, es que nadie vive y se cura aislado de los demás, sino en comunidad, en interacción con el semejante; que la función de partidos políticos y gobiernos no es simplemente la de acaparar el poder y los recursos para su grupo exclusivo, que su verdadera vocación es el servicio y no el servirse. Ya que, en esta experiencia compartida globalmente, queda más que claro, que mis acciones repercuten, invariablemente, en el otro, en el colectivo más amplio, traspasando fronteras. 

Lo que el coronavirus nos enseña -entre muchas cosas, si lo tomamos también como figura- es algo que hemos estado intentando transmitir desde hace ya mucho tiempo, como lo planteó Freud en su ensayo Psicología de las masas y análisis del yo, que lo individual es al mismo tiempo, social y viceversa: que los retos y problemáticas de una sociedad, de un país, como lo son, la reactivación económica, la educación, la violencia social y familiar, la violencia hacia las mujeres, el secuestro y la extorsión, la trata de personas, la pornografía infantil, la pobreza extrema, la migración forzada… son “virus” que, de igual forma, se tienen que atender en todos los niveles y frentes, justamente como está sucediendo con el Covid-19. 

 


* Artículo publicado originalmente en el periódico El Porvenir (25.03.2020) sección editorial, p. 2.


 

 

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¿Y sabemos lo que sí queremos?*

 

Camilo E. Ramírez

 

¿En verdad quiere usted lo que desea?

Jorge Forbes

 

 

Un ejercicio fundamental, tanto a nivel individual como colectivo, es poder formular lo que no se quiere. Hasta cierto punto pareciera algo sencillo de hacer: reconocer lo que no queremos, lo que no nos gusta, en lo que no estamos de acuerdo. Para, a partir de ello, derivar lo que entonces si queremos; hacerlo y punto. ¡Todo estaría en santa paz! Sin embargo, la experiencia más inmediata nos revela que muy frecuentemente el corazón humano nos devuelve una paradoja: que, en más de un sentido y en muchas ocasiones, los humanos realmente no deseamos, lo que declaramos a los cuatro vientos, querer. ¡¿Cómo es eso?!

No quiere decir que no sea genuino el deseo por algo, que no se desee eso que se dice querer, sino que del dicho al hecho hay mucho trecho -reza la sabiduría popular; que no basta decir “¡Yo quiero…!” alto y fuerte, para que algo se realice, sino explorar la posibilidad y responder en el día a día, sobre eso que se desea. De ahí la pregunta inicial ¿En verdad sabemos lo deseamos? Ese es un punto de partida fundamental, luego vendrán otros: ¿Podemos formularlo? ¿Podemos realizarlo? ¿Nos estamos encaminando a ello? ¿Cuáles son las dificultades que encontramos? ¿Cómo respondemos ante ellas? A fin de poder verificar (tomar conciencia) en qué punto nos ubicamos (o nos quedamos) ante lo que responsablemente declaramos querer. 

Toda cuestión de “Yo lo que quiero es…” se complica cuando dicha óptica la analizamos tridimensionalmente en todos sus lados y vemos las posibles maneras de responder, en cómo se traduce y se aterriza; y ahí empiezan las dificultades, las diferencias, el darnos cuenta que tenemos que lidiar con lo incompleto, con la serie de intentos de ir mejorando poco a poco, a veces a pasos cortos, a veces milagrosamente agigantados, pero siempre en un recorrido sin fin; pacto y contexto que se debe tener en cuenta cuando se intenta realizar lo imposible. No por nada Sigmund Freud definió el gobernar, el educar y el psicoanalizar como quehaceres de lo imposible, pues no ofrecen la solución de una sola vez de todos los problemas de su campo, sino que van demandando, cada vez, maneras más inéditas y creativas de responder, gracias a lo cual, pueden realizar lo imposible, precisamente porque no se centran en la solución total, sino en el lidiar con lo incompleto de formas variadas y creativas, ahí donde el sueño totalitario y disciplinario cree que si es posible “limpiar” y desterrar lo “sucio” de lo humano, basta eliminar al otro colocado en el lugar del enemigo; en lugar de entrar en contacto con todas las formas singulares y diferentes del discurrir humano, en todos sus ámbitos.

Al decidir transitar del espacio descriptivo al espacio de la realización, veremos siempre aparecer una serie de piedras en el camino: la paradoja humana de no responder por lo que se desea, de dejar las cosas para después, de la simulación, de no buscar mejorar las cosas,  por flojera, porque ello implica renunciar al statu quo para que todo siga igual, dejar de administrar y explotar la tragedia, lo que implicaría renunciar a la queja permanente, al discurso irresponsable, a la explotación (ideológica, económica, sexual, política...) del otro.

Cuando los humanos desean decir algo, tanto lo que se desea, como lo que no desea, se requiere su formulación en palabras, es decir, “algo”, una experiencia debe ser puesta en palabras, precisamente porque no existe diálogo corazón a corazón, directo, sin el “virus” del lenguaje. Y como se tiene que articular en palabras, eso hace precisamente que siempre algo de ese “algo”, se pierda, quede imposible de simbolizar, de cifrar y descifrar; ese “algo” queda en parte, velado. Digamos, por ejemplo, “La justicia es buena, que debería ser un bien para todos, sin restricción alguna” Algo que la mayoría de la gente automáticamente estaría de acuerdo, nadie se opondría, pero que pasa si pasamos a un caso singular, a un evento con nombre y apellido, al contexto particular, las objeciones, los pros y contra, aparecerían, mostrando que en más de un sentido, no existiría una verdad absoluta, un lenguaje del lenguaje (un metalenguaje) una vara que mida las otras varas, un aparato discriminatorio que pueda delimitar una cosa de otra.

Esto le llevará a Jacques Lacan, psicoanalista francés, a plantear que los humanos, más que traumatizados por el padre (el Edipo) somos traumatizados originariamente por el lenguaje, que todos nosotros sufrimos un troumatisme, que podríamos traducir como el trauma o el impacto de esa lengua originaria y primordial (lalengua, en la teorización de Lacan) en el organismo, que producirá el cuerpo humano, un cuerpo diferente, único cada vez, diferente a los organismos de una especie animal, que todos son iguales por el hecho de pertenecer a dicha especie; y que diferentemente, en el caso de los humanos, cada uno seriamos invitados a habitar de formas singulares -sin el referente exclusivo de un patrón o producción en serie- nuestra propia piel, responsabilizándonos por ello.

 *Editorial publicada originalmente en el periódico El porvenir (11.03.2020) sección editorial, p. 2