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Cura por la palabra

 

 

Camilo E. Ramírez

  

Sigmund Freud inventó un procedimiento (el psicoanálisis) de atención a través de la palabra, esto quiere decir, a grandes rasgos, que el sujeto se cura con y a través de su palaba. No de cualquier palabra, sino de una que se ejerce de manera singular: hablar de todo lo que venga a la mente, por más ilógico, sin sentido o vergonzoso que parezca. No es solo hablar de lo que se quiera, buscando quedar bien con nuestro interlocutor, el psicoanalista, sino decidir a voluntad abandonar el gobierno de por dónde irán nuestras ocurrencias, al tiempo que se suspende todo juicio crítico-lógico y moral sobre lo que se vaya diciendo. “…Compórtese como lo haría, por ejemplo, un viajero sentado en el tren del lado de la ventanilla que describiera para su vecino del pasillo como cambia el paisaje a su vista" (Sigmund Freud, Sobre la iniciación del tratamiento)

Esa libre asociación del paciente en análisis, que llamamos analizante, no es del todo tan libre. Libre si, del control a voluntad de la persona, no tan libre de los condicionantes y determinantes inconscientes (el hilo conductor) que irá organizando no solo la emergencia de tal o cual palabra, idea o frase, sino su articulación. Eso a lo que el padre del psicoanálisis también llamó “la otra escena” (eine andere Schauplatz) para referirse a los contenidos Inconscientes que determinan la vida consciente, por ejemplo, lo que se dice, hace elige, etc.

Mientras que la vida consciente funciona a partir de un principio de no contradicción, de identidad y tercero excluido, el sistema inconsciente lo hace a través de una lógica diferente: coexisten los opuestos, es atemporal y posee una significación polifónica. Esto quiere decir que un mismo elemento puede poseer, por desplazamiento (metonimia), condensación (metáfora) y figurabilidad, diversos significados. Mismos que antes de analizarlos, parecían inconexos, absurdos, ilógicos y caóticos. Pero que, poco a poco, van mostrándonos sus significados más elementales, en relación con aquello que nos aquejaba.

Es una cura con y por la palabra, donde la palabra se muestra no solo como campo (lenguaje) sino como acto (habla) que muestra nuestra relación de dependencia de esta, al mismo tiempo que transgrede dicho orden, para crear algo nuevo. En ese sentido, diferente a lo que se cree, en análisis no solo está implicada una dimensión de desahogo y catarsis, como cuando alguien nos dice que se siente muy bien después de contarnos algo que le hace sufrir, sino el investigar las lógicas que estructuran, producen y mantienen tal o cual situación, padecimiento y sufrimiento en el presente extendiéndolo hacia el futuro, para buscar subvertirlas; ya que no es solo desahogarse, investigar y entender que del pasado afecta en el presente (permanece en la predicción del pasado) sino sobre todo, construir algo en el presente-futuro a partir de lo vivido; no es solo recordar y recordar, sino reinventar (resignificar) con las mismas piezas, inclusive inventar nuevas, ahí donde el recuerdo y el relato encuentran su límite.

De lo miserable del padecer al mi-ser-hable del padecer, para crear algo diferente con aquello que se vivió y sufrió. Poniendo un punto de basta en el presente, una conclusión, un límite, a fin de crear el presente-futuro, ya no anclados a la nostalgia, sino entusiasmados por el riesgo asumido por un presente-futuro que, al mismo tiempo que es maravilloso, no deja de mostrarnos su constante inexistencia y su necesidad de ser igual y constantemente inventado.  

 

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*Artículo publicado en el periódico El Porvenir (14.04.2021) sección editorial p.3.

 


 

   

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Comprensión imposible

 

 

Camilo E. Ramírez

 

La comprensión y empatía son dos cuestiones imposibles de alcanzar al 100%. Esto no solo radica en que algunas personas cometan errores o imprecisiones en la comunicación, en las formas de emplear el código, sino en la naturaleza misma del lenguaje: las palabras no permiten decirlo todo, sino al menos un decir-a-medias respecto a la realidad y a los objetos que habitan en ella; además, el sentido no solo está en quien habla, sino, sobre todo, en quién escucha. No existe comunicación humana corazón a corazón, de identidad a identidad, de sentimiento a sentimiento, empática. En ese sentido, no puede una mujer entender mejor a otra mujer, un hombre a un hombre, un alcohólico a un alcohólico, etc.

Cuando hablamos o escribimos, nuca sabemos del todo, qué entenderá el otro de lo que decimos, solo cuando algo de eso retorna y se produce un feedback, entonces se puede abrir el mensaje, debatir.  “El sordo no oye, pero bien que compone”, reza la sabiduría popular. En tanto hablantes, los humanos, todos somos “sordos”, que componemos un mensaje. Pero ¿desde dónde componemos ese mensaje? ¿Cuáles son los elementos que participan en esa composición de sentido y memoria?

Las formas en las cuales cada uno construye el sentido de lo que se escribe, dice, escucha, lee…en última instancia, lo que se experimenta en su vida, fueron teorizadas por Sigmund Freud, creador del psicoanálisis, bajo el nombre de Transferencia. Una forma técnica para para referirse al conjunto de reacciones, pensamientos, afectos y sentimientos, que el analizante (el paciente en análisis) re-vivencía o atribuye a la persona del psicoanalista. Dicho fenómeno psicológico no solo se presenta dentro de un proceso o tratamiento psicoanalítico, sino en cada una de nuestras relaciones. Es un proceso psicológico inconsciente que estructura y participa en cada forma de comunicación cara a cara y a través del ciber-espacio: ¿Quién es el otro/a para mí?

Cuando algo del sentido se pierde, es obscuro o ambiguo, el oyente tenderá recuperar algo de ese sentido perdido a través de un rasgo de identidad con el cual se le da una cierta consistencia a los mensajes y a la vida: “¡Claro! Eso lo dices por mí, ¿verdad? porque es una indirecta para decirme que soy un pend…? ¡Lo entiendo clarísimo!”

Mediante la localización de la transferencia (lo que cada uno le atribuye a los demás) se puede conocer esas circunstancias personales y subjetivas a través de las cuales se le da forma y “color” al sentido de lo que se experimenta, sus repeticiones, problemáticas y también sus posibilidades. Ya que la transferencia no solo es repetición de algo ya instalado, un movimiento automático conocido, la misma “piedra” de tropiezo que aparece una y otra vez, sino motor y movimiento hacia delante, hacia lo nuevo. Algo que es vivido con entusiasmo, amor y apertura. Los humanos no solo somos repetición, sino diferencia y creación.

Cuando dos o más personas dialogan cada una encuentra al menos cuatro mensajes: uno que el otro desea transmitir y no consigue, otro que yo entiendo y uno más que se me escapa, pero permanece ahí, cifrado a la vista. El sordo no oye, pero bien que compone, muestra algo fundamental de la vida y comunicación humanas: que el sentido que se produce y atribuye al mensaje que se recibe, siempre es en parte una producción del oyente: “el emisor recibe del receptor su propio mensaje bajo una forma invertida, [es decir], que la palabra incluye siempre subjetivamente su respuesta” (Jacques Lacan) De ahí que lo que se diga y localice en el otro, es en parte —o guarda—una cierta relación con el emisor, con su propio mensaje, con eso que dice, pero no alcanza a escuchar y a reconocer como propio. 

 

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*Artículopublicado en el periódico El Porvenir (31.03.2021) sección editorial p.3.

 


 

   

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Sigmund Freud siglo XXI

 

 

Camilo E. Ramírez

 

 

El pasaje de “Freud explica” para “Freud implica” tiene como objetivo lo real,

lo que escapa al sentido, a la incompletud -lógica del psicoanálisis.

Jorge Forbes

 

 

Se dice que el psicoanálisis surgió con el nuevo siglo XX. Ese fue el objetivo de Sigmund Freud, al colocarle, como fecha de publicación a su obra inaugural, Die Traumdeutung (La interpretación de los sueños) el año de 1900.

La interpretación de los sueños representa una novedad en el tratamiento al sufrimiento humano, así como un escándalo para la vida humana antes del psicoanálisis, que vivía pensando en que la conciencia era la totalidad de la vida anímica, y lo hace de manera inédita, planteando una tesis antigua y una sorprendente: los sueños tienen un sentido, se puede leer algo en ellos, con el añadido -he aquí la novedad-de que en el soñante confluyen tanto el narrador del sueño como el intérprete, o al menos quien posee sin saberlo del todo conscientemente, de las claves para interpretar su sueño singular. Ya no más el interpretador de sueños será un sabio que se piense posee todas las claves del desciframiento de la vida onírica, sino el propio inconsciente del soñante, quien al dejarse llevar por la “asociación libre”, contándole su sueño al psicoanalista, irá develando su significación.

Después vendrían otras grandes obras de investigación de lo inconsciente, como lo son Psicopatología de la vida cotidiana (ensayo sobre los olvidos, errores, lapsus…) esas curiosidades de la vida humana de las cuales nadie escapa; así como Tres ensayos de teoría sexual, donde el profesor Freud presenta sus hallazgos sobre la sexualidad infantil, las complejidades y laberintos de la sexualidad humana, como esta no aparece en la pubertad, sino que se inicia muy tempranamente en la infancia, configurando la vida subjetiva, amorosa y erótica, no solo en sentido sexual-genital, sino afectivo más amplio; Análisis fragmentario de un caso de histeria (“El caso Dora”) y El chiste y su relación con lo Inconsciente, dos textos en donde se muestra cómo el inconsciente se manifiesta (habla) a través de síntomas histéricos-conversivos, afectando alguna función del cuerpo, con un funcionamiento similar a las operaciones de sustitución y alusión que tienen lugar en los más variados juegos de lenguaje, como son los chistes.

Es indudable la influencia del psicoanálisis en todo el siglo XX, su desbordamiento del consultorio de Sigmund Freud en Viena al mundo entero a diversos campos, como lo son la medicina, la psiquiatría, el derecho, la educación, la historia, la historia de las religiones, la psicología, la filosofía, las artes, la antropología, y un largo etcétera. No existe ningún campo que no haya sido tocado e influenciado por el psicoanálisis.

Sin embargo, una excesiva aceptación -Freud lo intuía- no siempre viene acompañada de un seguimiento de sus premisas más fundamentales. Todos hemos oído frases como “Claro, Freud y el psicoanálisis, son importantes, ello sin duda, sin embargo ahora siglo XXI, necesitamos abordajes más eficaces, más rápidos, antes los cambios vertiginosos por los que el mundo está pasando” Sin embargo, tal frase lugar común, tampoco plantea nada en específico sobre el psicoanálisis y sus aportes, lo acepta en parte, superándolo, enviándolo al museo de la historia, ante los avances de las neurociencias, la psicología conductual, y una psiquiatría basada en contar con un psicofármaco para todo malestar. Y el psicoanálisis, pudiéramos decir, sólo está comenzando.

Y efectivamente, posterior a Freud, fallecido en 1939, el psicoanálisis fue perdiendo su virulencia, su práctica singular, ética y responsable, de lectura del inconsciente, para adaptarse a formas psicológicas estandarizadas y de reeducación emocional del paciente; inclusive surgieron desarrollos teóricos que plantearon que el sentir del analista podía ser la verdad del paciente, como una especie comunicación corazón a corazón, en detrimento de la lectura del inconsciente. Dichos analistas se encargaron de domesticar al psicoanálisis, hacerlo una caricatura, una cosa en serie/seria y muy formal, que evidentemente ya no tenía mucho que aportar al mundo en constante transformación.  Las teorías psicoanalíticas, empezaron a sonar como dogmas de fe, sus seguidores, ministros de culto, en busca de nuevos adeptos; las asociaciones y grupos psicoanalíticos, sectas enclaustradas en las universidades o sociedades psicoanalíticas administradoras de poder, ¿Quién es y quien no es? - apartadas de la vida social y política, atrincherados en sus consultorios, ante los avances de las ciencias y las tecnologías. Siendo a veces esos analistas los más notorios, los que utilizaban para sí y se autoproclamaban los auténticos seguidores de Freud, el psicoanálisis fue dando un rostro viejo al mundo cambiante de la tecnología y la globalización, de los nuevos referentes y malestares del siglo XXI. Ese psicoanálisis definitivamente ya no tiene mucho que aportar, las personas a las que estaba dirigido ya cambiaron, ya no existen.

Afortunadamente, en diferentes flancos del mundo surgen otros abordajes, críticos, y clínicos agudos, que, siguiendo un retorno a Freud, iniciado por Jacques Lacan, no solo buscan, retornar a lo esencial del psicoanálisis, a sus fundamentos freudianos, sino reinventarlo en la sorpresa de su oficio, en los diferentes contextos y ámbitos donde los psicoanalistas trabajan, formas variadas de atener el sufrimiento de las mujeres y hombre de la actualidad. Ojo, los dogmáticos y repetidores siguen estando en todas partes, pero la ventaja es que se esfuman al menor cuestionamiento y diálogo, su ineficacia clínica y argumentativa, los delata.

Sigmund Freud siglo XXI, se refiere pasar de un Freud explica a un Freud implica, como lo ha expresado Jorge Forbes, psicoanalista brasileño, a través de su desarrollo teórico-clínico llamado Tierra Dos. Es decir, ante la ausencia de referentes únicos en todos los campos sociales, propios de la época industrial, jerárquicamente organizada, en un contexto globalizado, permanentemente diverso, flexible y variable, lejos de estándares y formatos únicos de vida agrupados bajo el políticamente correcto “calidad de vida”, el psicoanálisis es una práctica, como pocas, que permite un paso ético singular a través de la legitimación de un sentido de vida singular y una participación responsable en esa forma singular de habitar la propia piel. Donde cada uno somos convocados a realizar una participación singular y responsable ante nuestro deseo de vida, lejos de estándares de cómo ser y cómo no ser (mujeres, hombres, padres, maestros, empresarios, artistas…) lejos del consuelo de “así se deben hacerse las cosas” … ¿Por qué? ¿Cómo? ¿Quién lo dijo? Donde comienza un camino que no preexiste, sino que cada uno hace camino al caminarlo. 

 


 

 

 

 

   

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La muerte y el duelo

en tiempos del Covid-19

 

Camilo E. Ramírez

 

¡La muere es siempre sorprendente! No hay nada que nos prepare o proteja de ella. Es un verdadero trauma: inesperada, sorpresiva, inimaginable e irreversible. Nos tumba del lugar de potencia donde creíamos estar.

Cuando un ser querido muere, sentimos que en cierta forma nuestro mundo viene a menos. Sentimos que morimos un poco en vida -decía Freud. No será lo mismo sin esa persona amada; su presencia, su compañía, su voz, su aroma.

Ahora, en este nuevo tiempo que comienza después de su partida, le recordamos, buscamos en las redes y laberintos de la memoria, aquellas vivencias juntos, sus palabras, sus dichos, sus anécdotas. Las valoramos y custodiamos, son testimonio del tiempo compartido. Sin darnos cuenta, vamos recolectando trazos, pinceladas que nos acompañan y consuelan, intentando la imposible labor de descifrar el sentido de una vida que nos ha dejado, y quizás un poco la nuestra. Vemos quizás en nosotros algunos reflejos y ecos que nos tocan y, al instante, se nos escapan. La poesía, tanto la ya escrita, como la que vamos redactando, nos acompaña para expresar lo imposible, aquello que tenemos clavado en el corazón; podemos transitar por relatos cargado de humor, de las risas a las lágrimas, ante la dureza de la partida de quien ya no nos contestará el teléfono.

La muerte es un parteaguas que marca un antes y un después. Algo que tiene la potencia de abrir e inaugurar un tiempo nuevo. De sacudir los cuerpos y conciencias que solían hilvanarse en tiempos-rutina que se suponían -o al menos se vivía como sí así fuesen- permanentes y seguros. La continuidad se ha rasgado, mostrándonos no solo la fugacidad y evanescencia de la existencia, sino la potencia creativa del instante, de cada momento que tenemos frente a nosotros, de siempre poder ajustar y cambiar el rumbo. “Cada uno de nosotros somos GPS ambulantes, reorientamos a cada momento nuestras rutas de vida” (Jorge Forbes)

En estos tiempos en los que el mundo entero ha sido golpeado por un virus nuevo, la enfermedad y la muerte se han hecho presentes de manera contundente, y, por las condiciones específicas de la pandemia, de formas nunca experimentadas: algunas personas no se han podido despedir de sus seres queridos como hubiesen querido, rápidamente pasaron de los primeros síntomas, al agravamiento súbito, internamiento hospitalario y fatal desenlace. Todo ha sucedido en un abrir y cerrar de ojos. A pesar de ser una certeza, siempre es sorprendente. Como si con nuestra sorpresa ante la muerte, que resiste al paso de las épocas y generaciones, quisiéramos no darnos del todo por vencidos, e intentar lo imposible, y quizás un día vencerla definitivamente. “Estamos hechos para nacer infinitas veces y no para morir. Por ello el nacimiento de un hijo siempre es una verdadera fiesta, que porta consigo la esperanza de que la vida sea siempre más fuerte que la muerte” (Massimo Recalcati)

A pesar de que hay quienes minimizan el azote del coronavirus, argumentando inclusive, eugenésicamente -estilo ideología de estados totalitarios- “Que se mueran los que se tengan que morir”, creyendo que solo los más fuertes valen y merecen vivir, mostrando estadísticas de otros padecimientos, comparándolas con las del covid-19, esta pandemia ha sido de cambios radiales en todos los contextos y ordenes sociales. Además, hay que recordar que el dolor y la muerte -como el amor- son siempre singulares y por lo tanto no caben en las visiones macro. La muerte, como la vida, siempre es una a una. Por ello para el psicoanálisis la verdad, una vida, nunca es un número, una tabla o una teoría, sino una historia de lo singular, algo que se manifiesta como lo irrepetible e incomparable, uno a uno.

El nuevo coronavirus ha forzado a modificar los hábitos y costumbres a lo largo y ancho del mundo, alcanzando los rituales fúnebres de despedida de los seres queridos que han fallecido. De tal forma que los acostumbrados días de velación que culminaban con el sepelio, se han acelerado, reduciéndose a un par de horas y ante la presencia de un número reducido de familiares, cuando no cancelados. Teniendo entonces que inventar nuevas formas de transitar por esa dolorosa experiencia, caracterizadas por los contactos a distancia vía electrónica y la celebración de los rituales fúnebres en casa, retomando o dando por primera vez, un gesto de mayor intimidad.

La tradicional velación y celebraciones de cuerpo presente prácticamente han desaparecido, lo mismo los tiempos y ritmos asociado a ellas (acompañamiento de familiares y amigos en la capilla, la misa o celebraciones religiosas de cuerpo presente, la procesión hacia el panteón, el sepelio, la reunión en casa, en compañía de seres queridos para comer y beber algo, para platicar, llorar, abrazarse…) se han reinventado. Ello ha permitido una liberación y un respiro, a quienes veían en dichas tradiciones fúnebres solo una pesada obligación social, la oportunidad de apartarse del “lugar común”, para vivir sin convencionalismos su experiencia, apropiándose de ella de manera singlar. Es decir, decidir cómo querer vivir esa experiencia. Mientras que los que contaban con ese soporte social-familiar de las celebraciones fúnebres, como una forma de poder atravesar el dolor de la muerte del ser querido, al borrarse durante la pandemia, han experimentado una verdadera crisis, amplificándose aún más su dolor.

Lo cierto es que, sea que uno se coloque en un grupo o en otro, ambos tendrán que inventar de manera singular y creativa las formas de entrar en contacto con esa experiencia que es la muerte. Ya que ni antes ni después de la pandemia, tanto si se cuenta con rituales como se está sin ellos, se está exento de la participación singular que cada uno hace ante el evento que le aqueja, de hacer algo con lo que se ha vivido, hacer algo nuevo con la herida, convertir el sufrimiento en poesía, en decisión, desarrollo, transformación y tecnología, proyecto, herencia a ser reconquistada….(ponga aquí las que usted invente) 

 

*Artículo publicado en el periódico El Porvenir (18.11.2020) sección editorial, p. 2. 


 

 

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El contagio silencioso 

 

Camilo E. Ramírez

 
 

“Si no hay salud no hay vida, no hay educación, no hay economía”

Manuel de la O. Cavazos

 

 

“De algo me he de morir”, “Eso no es cierto, son puros inventos del gobierno”, “Igual y ya me dio y ya estamos todos inmunes y andamos dioquis todavía con miedo”, “Mira si ya están abriendo los negocios, por algo será, ya no hay peligro”, “Los suplementos vitamínicos no funcionan” (dicho en boca de muchos médicos al inicio de la pandemia, para meses después) “Yo creo que si funcionan, hay que tomar mucha vitamina C, D y Zinc para fortalecer el sistema inmune”, No creo que me pase a mí, solo voy a ir con mis papás, es que cumple años”, “Ya no aguanto este encierro, me vale mad.., me voy a salir”…

Estos comentarios -entre muchos otros más- revelan algo fundamental de la población: una profunda ignorancia sobre ciencia, en particular, sobre cuestiones elementales de salud, así como un igualmente marcado individualismo: “Primero mis dientes y luego mis parientes”. Que considera que la libertad -como la salud- es una atribución o posesión egoísta para hacer lo que se pegue la gana y no un derecho que se posee y se ejerce en el colectivo, es decir, en relación con el respeto y diálogo con los demás, en un marco legal establecido. Similar a quien cree que porque compró una bocina está autorizado/a a subirle a todo volumen a altas horas de la noche sin importar los vecinos, pues está en su casa y él/ella compró la bocina y la casa.

Parece que pocos ciudadanos han entendido que, si se cuidan ellos, cuidan a sus familiares; que proteger a otros es protegerse a ellos mismos y a los suyos. Que igualmente, al descuidarse se descuida y pone en peligro a los demás, inclusive a ellos mismos, quienes sostienen un terco e ignorante “¡No pasa nada mbre!”. Pues dadas las condiciones de la pandemia, jugarle al individualista y no ver la realidad más amplia es poner en riesgo a todos: la salud, la vida, la educación y la economía, hacer que esto dure más tiempo. Pero tal parece que el dolor y sufrimiento vivido solo en carne propia es la única forma de que algunos se sensibilicen con las problemáticas más amplias que se gestan y mantienen por las condiciones y acciones de todos los ciudadanos. “¿A quién te tienen que desaparecer para que entiendas la gravedad de la violencia hacia la mujer (secuestros, trata de blancas, red de pedofilia, feminicidios…)? -decía un cartel que sostenía una mujer durante una marcha. En esa misma línea, ¿Quién de nuestros seres queridos tendría que enfermar y padecer de Covid19 (internamiento, intubación y fallecimiento) para que entiendan algunos, de una buena vez, que la pandemia y el virus son cosas sumamente peligrosas, por ahora más importantes que las actividades de esparcimiento?

Todo esto sucede, mientras se presenta una nueva oleada de contagios de covid19 por todo el país, y paralelamente, debido a la educación a distancia, se han presentado algunos casos de conductas y comentarios sumamente inadecuados de maestros: docentes que agreden a estudiantes durante las clases virtuales. Generándose repudio y críticas de ambas partes. Hay quienes apoyan a unos y a otros, mientras hay quienes no están de acuerdo: que si el maestro es necesario que hable así, porque eso no es nada comparado con el campo laboral, que no es necesario ofender para enseñar. La dificultad, una vez más, es la ausencia de dialogo. Finalmente, algunos docentes se disculpan sin asumir responsabilidad (“Si alguien se ofendió…”)  arman un discurso de víctima en relación con el estrés que sufre por la pandemia. Y entonces los agraviados se pasan al lado de verdugos, quienes, sin piedad, piden el peor de los castigos para el profesor, amparados en el sufrimiento y coraje que les causó. Pareciera que la indignación, el estrés y el dolor, justificarían todo. Y eso no es así, pues de serlo, las tres figuras (estrés, indignación y sufrimiento) terminaran por cancelar la responsabilidad de cada sujeto, quesque porque se estresó, quesque porque se ofendió, quesque porque ya no aguantaba estar encerrado. ¡Fosfo! ¡Fosfo! ¡Fosfo!

Efectivamente, en la vida uno puede estar atravesando un momento difícil que ocasione una sensación de tensión o estrés, de dolor o incertidumbre. Pero ello nuca dará el derecho de ofender o desquitarse con el otro, sin embargo, ¿No es acaso el mismo discurso que sostienen muchos: me merezco salir, qué tanto es tantito, no pasa nada, por el solo hecho de que sentir que se está full de estrés, de desesperación; “ya trabajé, ya estudié mucho, me lo merezco”?  Traducción: me merezco hacer lo que me plazca sin importarme los demás, mi capricho es el único que vale, no el otro, el semejante y su derechos, ni la sociedad, no me interesa el virus y la pandemia, solo mis intereses; soy ignorante, no me doy cuenta que si todos operamos así entonces la pandemia durará más tiempo, no me doy -ni quiero darme cuenta- que si le juego al individualismo en la sociedad, de primero mis dientes y luego mis parientes, al no considerar el efecto de mi actuar en el colectivo social más amplio, seré un elemento importante en la propagación del virus y de una lógica perversa de violencia que busca cualquier fin independiente de los medios; justamente eso mismo que estoy padeciendo y de lo que me siento prisionero, una víctima. Sin darse cuenta de que es el/ella misma el agente causante del propio mal, individual y social, que se padece.