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You must be good!

Camilo E. Ramírez

 

 “Todos saben que la política consiste en negociar, y en su caso al por mayor, por paquetes, 

a los mismos sujetos, llamados ciudadanos, por cientos de miles

Jacques Lacan

 

Actualmente la Ciudad de México, como Oaxaca, Puebla, Morelos, entre otras entidades de la República Mexicana y el mundo, están padeciendo los efectos de terremotos y huracanes; éste hecho se suma a la oleada de catástrofes naturales, como inundaciones, deslaves, terremotos previos, etc. dejando al descubierto - todos y cada uno de ellos- las fallas, políticas y estructurales, de las ciudades afectadas.

 De igual manera se pone en evidencia algo cada que ocurre una tragedia natural: entre la asistencia a los semejantes, la ayuda y labores de rescate, vemos también la capitalización (el negocio) y politización de la tragedia, es decir, el uso del binomio terror-bondad, ya no aquel efecto del denominado terrorismo o del crimen organizado, sea de bandas criminales, informales y formales (Estado) sino una forma de reducción del discurso y la argumentación, que al show del mercado político y moral, mediático, tanto gusta, pues se nutre de crear y explotar víctimas que ellos mismos necesitan generar y mantener a perpetuidad, a fin de permitirles una cierta legitimidad en el poder. En tiempos de elecciones, se usa la pobreza que se ha creado por siempre y nunca erradicado, solicitando el voto-esperanza, “¡Ahora sí verán como todo mejora!”

 La tragedia, como el miedo, es empleada como supuesto montaje democrático, por la clase política, medios y particulares, para legitimarse en la bondad y justicia que carecen, a través de una operación de reducción ideológica, política y reflexiva, donde el discurso de solidaridad (recordemos que ese fue el slogan de campaña del sexenio de Carlos Salinas de Gortari) plantearía las bondades de todos a ayudar a todos, ¡Deja de pensar, ponte actuar!, como eslabón del permanente “Propón algo”, “¿Tu que habrías hecho?” del presidente de México, Peña Nieto) como escudo para desarmar cualquier tipo de reflexión y crítica, pues ¿Qué clase de monstruo estaría en contra de ser solidario? ¿Qué clase de sujeto no desearía ser bueno, o no llorar ante las cámaras de televisión, renunciar a donar dinero o alimento para las víctimas y los damnificados? ¡Ahora es cuando hay que ayudar, no mas bla bla bla! Por supuesto, eso no quiere decir que la vida, en el sentido más elemental, no esté en riesgo (gente atrapada en derrumbes, hambre, sed, enfermedades, desabasto de lo más básico, etc.) y que el Estado y sociedad civil, no podamos, en función de lo apremiante, organizarnos para ayudar, rescatar, atender lo más básico, etc. Pero es muy diferente, considerar que se requieren artículos básicos, servicios de atención y de rescate, a que se requiere solidaridad una  moralista que busca suspender todo juicio crítico, para dedicarse solo a sufrir, con-padecerse, reduciendo-explotando víctimas.

 “Si un meteorito amenazara con chocar la tierra, no necesitamos filosofía, sino algún artefacto tecnológico, algún cohete o bomba que lo destruya” (Slavoj Zizek)

 En emergencias, si bien hay cosas urgentes, no por ello se suspende la reflexión y planeación, la crítica y la organización, ya que, dicho sea de paso, con el solo hecho de desplegar fuerza y empuje, aún con la mejor de las intenciones, llenas de bondad e idealización, se pueden producir otras tragedias, heridos y muertes, cuales estampidas humanas que reducen y aplastan a los otros y a los recurso recabados, por un exceso incontrolable, o porque por torpeza y malos manejos (corrupción) no lleguen las donaciones a las manos de los que los requieren.

Desde hace relativamente poco tiempo, las tragedias naturales y sociales (huracanes, maremotos, terremotos, deslaves, incendios, el calentamiento global, crímenes, corrupciones de empresas y gobiernos, etc.)  como las fallas en sistemas económicos y políticos, se reinterpretan a la luz de nociones simplistas (al mal que le hemos hecho al planeta, las conductas lejos de las enseñanzas de la moralidad, etc.) más sujetas a los efectos virales de las redes sociales, que a las realidades económicas y políticas, argumentativas propias de cada una ellas, planteándose un fondo causal común a todas ellas: la culpar al sujeto, con su slogan: “Tenemos lo que nos merecemos, por como somos”  De ahí que se declaren cosas como “Por algo le sucedió eso, pues qué andaba haciendo” (ante haber padecido un crimen), “Es la madre tierra que nos está reclamando lo que le hemos hecho, se está defendiendo”, “Por eso hay que ser buenos con ella, para entonces…”

Algo difícil de aceptar es que por más que se hable, describa, piense, ore, etc. siempre habrá algo que se escapa, algo imposible de nombrar y saber, de pre-ver o anticipar, más allá o más acá de aprender e inventar tecnología de ingeniería, en arquitectura y urbanismo, por supuesto necesaria, nunca se logrará entender y controlar a completud. Tenerlo en cuenta, permite salir de la imposición moral-creadora y explotadora de víctimas, que plantea, entre muchos lugares comunes, que se tiene que ser bueno/a, hacer tal o cual cosa, para que “esto no vuelva a suceder o se reduzcan las posibilidades”, fondo psicopolítico necesario en la sociedad civil, para su control, como aquel que gustaba “pasar la factura” y responsabilidad del narco, como gran superestructura que existe gracias a la estructura del Estado, a la moral de una familia, sus padres e hijos estudiantes, haciéndoles creer que son ellos, verdaderamente, la causa de dicha empresa criminal de ganancias millonarias.

Advertir cómo opera el uso de discursos mediáticos post-tragedia (la novela familiar de la neurosis política mexicana) posibilita no quedar “secuestrado por el deber ser” de la bondad y la solidaridad sin reflexión ni crítica, con su radicalidad “¡O estás conmigo (con México) o en contra!”[1] no como decisión o posición, sino como imposición moralista de identidad que cancela y criminaliza cualquier ejercicio de reflexión y debate, pues ¿cómo vienes a decir eso, precisamente ahora que hay que ser buenos?

Es habitual que la expresión de la queja exagere mucho el dolor, hasta el punto en que este, el dolor, acaba conformándose con la exageración de la queja, aumentando el sufrimiento. Es común que las personas crean tanto en sus lamentos que acaban prestando su cuerpo, quedando dolientes, para comprobar lo que dicen.[2]

En algunas personas que atendemos en estos tiempos de la capitalización de la post-tragedia se produce una gran culpa y vergüenza por sufrir lo propio, en un intento de deslegitimación en comparación con la gran tragedia del otro (muertes, perdida de todo, casas, edificios, etc.) como si existiese un artefacto moral, un sufrinómetro universal o nacional que moralmente determinara la validez del sufrimiento padecido, cuando éste siempre es singular y único, capaz de aceptarlo o desacreditarlo, juzgándolo superfluo. Como aquellas conciencias que pretenden dictar la norma sobre lo esencial y superfluo: una persona de bajos recursos debe de primero….y luego entonces, solo entonces ir a buscar un lujo. Como si primero hay que ir por lo básico y luego por lo innecesario, cuando justamente el deseo como ridículamente para el otro y lo establecido del deber ser, como capricho, que se identifica y mal nombra como “lujo”,  puede ser algo que cree algo, que sostenga, incluso la vida, esa que se gusta pensar, con muchos errores, como vida animal.

Esta imagen, de autor desconocido, que circula por las redes, se podría bien titular "No solo de pan vive el hombre” también vive de humor, de ser reconocido y tratado, no como víctima, sino como sujeto, del que uno puede burlarse, para dignificarlo. ¡Ah que lata...! 

 

 

 


* Psicoanalista Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

[1] Frase empelada en su momento por Georoge Bush Jr en la preparación de su guerra contra el mal del mundo.

[2] Forbes, J. Basta de quejas https://redpsicoanalitica.com/tag/jorge-forbes/